«SEXO, GUILLERMO & ROCK AND ROLL»
lunes 18 de diciembre de 2006
HUMOR, SEXO, ROCK, LOCURA, CHISTES, CUENTOS CORTOS (HUMORÍSTICOS), HORÓSCOPO SEXUAL (EN JODA), CONSULTORIO SENTIMENTAL (EN JODA) COMENTARIOS DEL BLOG DE FAMOSOS DE LA FARÁNDULA, CRÍTICAS CINEMATOGRÁFICAS (DE LAS PELÍCULAS QUE ALQUILÁS CUANDO TU ESPOSA NO ESTÁ, COCHINO), «¡¡LA VERDAD SOBRE MICHAEL JACKSON!!», SHAKIRA EN BOLAS, Y MÁS, MÁS, MUCHO PERO MUCHO MÁS!!! ¡¿QUÉ MÁS QUIEREN SIN TENER QUE PONER UN MANGO?!
Todos los blog que leí hasta ahora son tremendamente honestos, humanos, sensibles… y manifiestan un cándido deseo de expresar (y, de ser posible, piden ayuda para salir de) una soledad abrumadora (como aquellos Diarios Personales que escribían mi hermana y las amigas en la época del colegio secundario).
Es decir: una cosa bastante gay, seamos honestos, muchachos. Además, nos confiesan los secretos más íntimos de sus autores (quizá para lograr nuestra simpatía).
BUENO, AMIGOS, ÉSTE NO:
ÉSTE BLOG SOLO DESEA OFENDER, FALTARLE EL RESPETO A TODOS (SOBRE TODO A LOS VIEJOS Y A LOS GORDOS); REFLOTAR AQUELLOS COMPLEJOS Y TRAUMAS QUE YA CREÍAS SUPERADOS (¡JA JA! ¡COMO AQUELLA VEZ QUE TE CREÍAS SÓLO EN TU CASA Y TU CUÑADO TE DESCUBRIÓ USANDO LAS BOMBACHITAS DE TU ESPOSA Y CORRIÓ A CONTÁRSELO A TODOS!); HACERLOS ACERCARSE MÁS AL ESPEJO DEL BAÑO Y COMPRENDER QUE SE ESTÁN QUEDANDO PELADOS, QUE ENTIENDAN DE UNA BUENA VEZ QUE SUS ESPOSAS LES METEN LOS CUERNOS Y RECORDARLES QUE, DE TODOS LOS HERMANOS, USTEDES SON LOS QUE GANAN MENOS DINERO Y TIENEN EL AUTO MÁS FEO Y VIEJO.
Es decir: una cosa bastante gay, seamos honestos, muchachos. Además, nos confiesan los secretos más íntimos de sus autores (quizá para lograr nuestra simpatía).
BUENO, AMIGOS, ÉSTE NO:
ÉSTE BLOG SOLO DESEA OFENDER, FALTARLE EL RESPETO A TODOS (SOBRE TODO A LOS VIEJOS Y A LOS GORDOS); REFLOTAR AQUELLOS COMPLEJOS Y TRAUMAS QUE YA CREÍAS SUPERADOS (¡JA JA! ¡COMO AQUELLA VEZ QUE TE CREÍAS SÓLO EN TU CASA Y TU CUÑADO TE DESCUBRIÓ USANDO LAS BOMBACHITAS DE TU ESPOSA Y CORRIÓ A CONTÁRSELO A TODOS!); HACERLOS ACERCARSE MÁS AL ESPEJO DEL BAÑO Y COMPRENDER QUE SE ESTÁN QUEDANDO PELADOS, QUE ENTIENDAN DE UNA BUENA VEZ QUE SUS ESPOSAS LES METEN LOS CUERNOS Y RECORDARLES QUE, DE TODOS LOS HERMANOS, USTEDES SON LOS QUE GANAN MENOS DINERO Y TIENEN EL AUTO MÁS FEO Y VIEJO.
ÍNDICE
(¡SI VAN HACIA ABAJO ENCONTRARÁN TODO ESTO!):
1) El autor del Blog.
2) ¡Comentarios de famosos de la farándula internacional acerca de éste
blog! (¡Sí, así como lo oyen!).
3) CRÍTICAS DE ESTRENOS CINEMATOGRÁFICOS.
Hoy: «¡¡QUÉ TRABUCO TIENE LA MONJITA!!»
4) TODOS CONTRA UNA: ¡Alejandro Sáenz, Arjona, Diego Torres y Alejandro
Lerner contra Skakira!
5) De nuevo Shakira (¡Pero en tetas!).
6) ¡LA VERDAD SOBRE MICHAEL JACKSON!
7) «EL CONSULTORIO SEXUAL DEL DR. SOUBELET»
8) ¡¡ULTIMO MOMENTO!! ¡INSPECTORES MUNICIPALES DISFRAZADOS DE
SWAT ATACAN NUESTRA REDACCIÓN! (fotos estremecedoras).
9) «¡EL HORÓSCOPO SEXUAL DEL PAI SOUBELET!»
(fijate que tu signo también está).
10) CHISTES
(¡Vean qué dibujos! ¡En Europa no se consiguen!).
11) «LA HISTORIA DEL ROCK DESDE LOS AÑOS SETENTA»
(Si no figura acá, no fue importante. Incluye excelentes fotos).
12) «6 Cuentos Breves 6»
«COMENTARIOS DE FAMOSOS DE LA FARÁNDULA INTERNACIONAL ACERCA DE ESTE BLOG»
(de nuestro corresponsal en el Festival Cinematográfico Internacional de Cannes):
Dijo Sharon Stone: «¡Este blog es maravilloso! ¡Desde que lo leí dejé de tener problemas con la caspa y ahora tengo el cabello regio! ¡Es más: ahora lo quiero a Guillermo Soubelet en mi cama ya!»
(de nuestro corresponsal en el Festival Cinematográfico Internacional de Cannes):
Dijo Sharon Stone: «¡Este blog es maravilloso! ¡Desde que lo leí dejé de tener problemas con la caspa y ahora tengo el cabello regio! ¡Es más: ahora lo quiero a Guillermo Soubelet en mi cama ya!»
Dijo Michael Jackson: «¡Ay, sí! ¡Alcanzó con que lo leyera una solita vez y ya no me da más por bajarle la caña a los pendejos! I’m bad!»
Dijo Pappo: «¡Éste blog __ o lo que mierda sea __ está de puta madre, está! ¡Desde que lo leyeron nadie se atrevió a tocar a mi vieja!»
Dijo Bill Gates: «¡Oh, Cielos! ¡Si este mail emitiera acciones vendía esa porquería de MICROSOFT e invertía en algo como la gente! ¡Obviamente es el producto de una mente enferma... Y GENIAL!!!!!»
Dijo Shakira: «¡Antonio! ¡Andá al baño a destapar el inodoro que volví a tapar!»
COMENTARIOS CINEMATOGRÁFICOS.
HOY:
«¡QUÉ TRABUCO TIENE LA MONJITA!»
«Hastiados entre tanta violencia, tanto sexo gratuito y tanta película basada en la grosería y el golpe bajo, al fin se estrena en la pantalla grande un filme que nos retrotrae a aquellas románticas películas de la época de oro de Hollywood. La película se titula «¡QUÉ TRABUCO TIENE LA MONJITA!» y narra las audaces aventuras de una monja travesti poseída por un descontrolado instinto sexual quien, además de hacer estragos entre sus compañeras novicias, mantiene una relación paralela con un gran danés, un enano mogólico al que le falta un brazo y su padre sanguíneo, quien, al ser bisexual, recibe las atenciones de su superdotado hijito del alma (hoy travesti, novicia y amante feroz). Paralelamente transcurre una perversa situación con el obispo, quien, enterado de la real condición de la monja, la extorsiona con contar la verdad a la madre superiora, si la novicia no accede a someterse a sus libidinosos deseos. El cochino obispo se aprovecha permanente de la pobre monjita (sin sospechar que en realidad la madre superiora no solo está perfectamente al tanto de la condición de travesti de la novicia sino que es, además, amante sadomasoquista de la muchacha, en cuyos desaforados encuentros nunca falta el cuero, las tachas, los látigos y las esposas metálicas).
Es posible que el lector llegue a la errónea conclusión de que el contenido del filme sea algo grotesco, algo provocativo e, incluso, algo de dudoso gusto. Nada más erróneo. El director de ésta encantadora historia ha sabido plasmar en ésta producción el buen gusto, la dulzura y una delicada sutileza de manera magistral y conmovedora. Asimismo ha sabido llevar los valores morales hasta un nivel que podríamos decir que ha convertido a «¡QUÉ TRABUCO TIENE LA MONJITA!» en un ejemplo a imitar para todo realizador que pretenda enaltecer los valores familiares y morales. Todo en esta película es un ejemplo de buen gusto, de una refinada elegancia y de una intachable posición frente a los valores familiares y espirituales (la escena de la violación de la monja travesti en manos del enano mogólico y su perro gran danés debería ser obligatoria en todos los colegios primarios del país).
En definitiva: una película imperdible para disfrutar en familia ahora que llegan las vacaciones de nuestros hijos.
HOY:
«¡QUÉ TRABUCO TIENE LA MONJITA!»
«Hastiados entre tanta violencia, tanto sexo gratuito y tanta película basada en la grosería y el golpe bajo, al fin se estrena en la pantalla grande un filme que nos retrotrae a aquellas románticas películas de la época de oro de Hollywood. La película se titula «¡QUÉ TRABUCO TIENE LA MONJITA!» y narra las audaces aventuras de una monja travesti poseída por un descontrolado instinto sexual quien, además de hacer estragos entre sus compañeras novicias, mantiene una relación paralela con un gran danés, un enano mogólico al que le falta un brazo y su padre sanguíneo, quien, al ser bisexual, recibe las atenciones de su superdotado hijito del alma (hoy travesti, novicia y amante feroz). Paralelamente transcurre una perversa situación con el obispo, quien, enterado de la real condición de la monja, la extorsiona con contar la verdad a la madre superiora, si la novicia no accede a someterse a sus libidinosos deseos. El cochino obispo se aprovecha permanente de la pobre monjita (sin sospechar que en realidad la madre superiora no solo está perfectamente al tanto de la condición de travesti de la novicia sino que es, además, amante sadomasoquista de la muchacha, en cuyos desaforados encuentros nunca falta el cuero, las tachas, los látigos y las esposas metálicas).
Es posible que el lector llegue a la errónea conclusión de que el contenido del filme sea algo grotesco, algo provocativo e, incluso, algo de dudoso gusto. Nada más erróneo. El director de ésta encantadora historia ha sabido plasmar en ésta producción el buen gusto, la dulzura y una delicada sutileza de manera magistral y conmovedora. Asimismo ha sabido llevar los valores morales hasta un nivel que podríamos decir que ha convertido a «¡QUÉ TRABUCO TIENE LA MONJITA!» en un ejemplo a imitar para todo realizador que pretenda enaltecer los valores familiares y morales. Todo en esta película es un ejemplo de buen gusto, de una refinada elegancia y de una intachable posición frente a los valores familiares y espirituales (la escena de la violación de la monja travesti en manos del enano mogólico y su perro gran danés debería ser obligatoria en todos los colegios primarios del país).
En definitiva: una película imperdible para disfrutar en familia ahora que llegan las vacaciones de nuestros hijos.
viernes 15 de diciembre de 2006
Ok, sé que es difícil concentrarse en estas líneas teniendo la foto de un culo tan perfecto ahí a la vista, pero tendrás que hacer un esfuerzo de voluntad y dejar de lamer la pantalla como un degenerado de mierda si querés seguir leyendo lo que sigue (como si valiera la pena… ma sí: seguí lamiendo el monitor!).
Digo yo: ¿¡No hay nadie que les diga a Alejandro Lerner, Ricardo Arjona, Diego Torres y Alejandro Sanz, que si bien tienen dos o tres letras más o menos pasables… ¡¡¡tienen una melodías y una manera de cantar que uno tiene la sensación de estar escuchando SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE la misma puta canción!!!
Ah, sí: YA SÉ QUE SHAKIRA HACE LO MISMO. ¡Pero ella está buenísima! ¡Muéstrenme una sola foto en que aquellos cuatro plomos en que los jeans de cuero les queden tan pero tan buenos como a ella!
Ah, sí: YA SÉ QUE SHAKIRA HACE LO MISMO. ¡Pero ella está buenísima! ¡Muéstrenme una sola foto en que aquellos cuatro plomos en que los jeans de cuero les queden tan pero tan buenos como a ella!
Para reforzar esta idea, he colocado junto a estas líneas una imagen de la pobre ardillita de «LA ERA DE HIELO» (película que no guarda relación alguna con lo que estábamos hablando, pero que igual está buenísima (tanto la primera como la segunda). ¡Bravo, Syd, «Rey del Fuego»!). Y la verdad no sé porqué ponés esa cara, si cuando mirabas la foto del culo (que tampoco venía al caso) no ví que te quejaras, degenerado de mierda!
AMIGOS, OTRAS PUBLICACIONES LOS ENGAÑAN. YO NO. YA ESTÁN GRANDES Y YO SOY DE LOS QUE NO VACILAN EN ROMPER CORAZONES (VOY A LOS JARDINES DE INFANTES Y LES GRITO:
«¡BOLUDITOS: PAPÁ NOEL SON LOS PADRES!»).
Y AQUÍ VENGO CON OTRA CRUEL VERDAD. NOS HAN DICHO TANTAS COSAS DE MICHAEL JACKSON… QUE ES NEGRO, QUE ES BLANCO, QUE ES GAY, QUE NO. QUE LE GUSTAN LOS PEBETES, QUE NO. QUE SUS PERMANENTE OPERACIONES FACIALES APUNTABAN A PARECERSE A DIANA ROSS. ¡MINGA! AQUÍ ABAJO LA GRAN VERDAD DE A QUIÉN SE OBSTINÓ EN SER IGUALITO EL BUENO DE MICHAEL. VEAN SINO:
Y AQUÍ VENGO CON OTRA CRUEL VERDAD. NOS HAN DICHO TANTAS COSAS DE MICHAEL JACKSON… QUE ES NEGRO, QUE ES BLANCO, QUE ES GAY, QUE NO. QUE LE GUSTAN LOS PEBETES, QUE NO. QUE SUS PERMANENTE OPERACIONES FACIALES APUNTABAN A PARECERSE A DIANA ROSS. ¡MINGA! AQUÍ ABAJO LA GRAN VERDAD DE A QUIÉN SE OBSTINÓ EN SER IGUALITO EL BUENO DE MICHAEL. VEAN SINO:
¡¡¡Ta taaaaaaaaaaaa!!!!
«EL CONSULTORIO SENTIMENTAL DEL DR. SOUBELET»
«EL CONSULTORIO SENTIMENTAL DEL DR. SOUBELET»
Sí, amigos, lo prometido es deuda. A continuación la sección esperada por todos. Ustedes nos envían sus dudas a guillermosoubelet@gmail.com y el mismísimo Dr. Soubelet les responderá a sus casillas de e-mail (además de publicarlas en esta parte del blog). ¡Y gratis! ¡Vamos!
¡¿Qué esperan, malditos neuróticos?!
PREGUNTA: Doctor Soubelet, me dirijo a usted por dos razones. Una que es la única persona en que confío pueda solucionar mi problema. Y otra porque es gratis. Con mi mujer estamos tremendamente preocupados. Días atrás, mientras guardaba la ropa recién planchada en el placard de mi hijo de 17 años, mi esposa encontró, medio escondidas, unas medias negras de mujer, bombachitas y un portaligas. Claro, mi hijo trae a casa a una chica __ su novia, dice __ y se encierran en su cuarto. Obviamente que pensé que se encerraban para tener relaciones sexuales. Y si bien la cosa no me gustó, le confieso que sentí cierto orgullo de que mi pibe se bajara a semejante minón (y que, encima, la potra usara semejantes prendas). Sin embargo, días atrás (y ya no en forma casual, ya que a raíz de lo que le acabo de contar en su ausencia solemos revisar su placard y sus cajones) hallamos, también escondidas, revistas pornográficas de homosexualidad masculina (y hasta un corpiño que hacía tiempo le había desaparecido y por cuya desaparición estuvo a punto de despedir a la mucama). ¿Usted, como profesional, qué opina, doctor?
RESPUESTA: Que su hijo es flor de puto.
PREGUNTA: Estimado Dr. Soubelet, hace ya un tiempo que mi esposa tiene ciertas actitudes que me hacen sospechar que no es tan franca conmigo como siempre quise creer. De un tiempo a esta parte, dos o tres veces por semana el teléfono suena una sola vez y se corta. Invariablemente al ratito ella dice: «Ya vuelvo» y agarra la bolsa del mercado (pero no sin antes cambiarse. Usted ya sabe: vestidos ajustados de lycra, minifaldas escandalosas y todo eso). Le aclaro, aunque sé que es innecesario, que cuando va conmigo a hacer las compras lo hace vestida así nomás, de entrecasa. Además, cuando regresa de éstas salidas «al mercado» (nunca tarda menos de dos horas) trae en la bolsa solo dos o tres pavadas, como si hubiera comprado algo para disimular. ¿Qué me aconseja?
RESPUESTA: Que le esconda la bolsa del mercado.
PREGUNTA: Me impulsa a consultarle la extrema seriedad que manifiesta en sus respuestas. Siempre tuve una duda: ¿una mujer puede quedar embarazada de un animal, por ejemplo de un perro (un ovejero alemán)?
RESPUESTA: Mi pequeño pimpollo, no se ofenda, pero me parece que usted es flor de degenerada.
PREGUNTA: ¿Hasta qué punto se debe ser permisivo con nuestra esposa? Mi mujer siempre fue una mujer muy caliente. Todo lo no convencional la excita. Ya sabe: atarnos, hacerlo en lugares poco frecuentes, esas cosas. Y no me quejo. La cuestión es que de un tiempo a ésta parte empezó con que la calentaba que yo me pusiera su lencería. Me molestó, claro, pero obvio que si no accedía tendría un problema (porque es brava). Bueno, ahora se encaprichó con que quiere sacarme fotos así vestido mientras tenemos sexo. ¿Hasta cuando debo acceder a sus caprichos?
RESPUESTA: El día en que usted llegue a su casa y se encuentre con que su esposa está reunida con sus amigas y, entre carcajadas, se van pasando las fotos, habrá llegado el momento de decir basta.
PREGUNTA: Vea lo que me pasa. No soy marica ni nada por el estilo. Sin embargo de un tiempo a ésta parte siento gran atracción por los penes. No, no se ría, que no me contradigo. Sé que no soy trolo, ya que el diccionario explica que un homosexual es aquél que se siente atraído por personas de su mismo sexo. Y no es mi caso ya que la sola idea de besar a un tipo me da ganas de vomitar. Y no solo eso: las mujeres me calientan… casi tanto como una buena poronga. ¡Si hasta me masturbo imaginando que chupo un enorme y caliente pene! Quisiera concretar mi fantasía, pero el solo hecho de saber que mientras la esté chupando voy a estar mirando a un hombre todo peludo me enfría y asquea. ¿Qué hago?
RESPUESTA: Chúpela con los ojos cerrados.
PREGUNTA: Dr. Soubelet, le ruego que me conteste a mí antes que a los demás. Total: ¿ellos qué saben? Estoy embarazada de cuatro meses, pero no quiero tener un hijo. ¿Qué puedo hacer?
RESPUESTA: Rece para tener una hija.
PREGUNTA: Dr. Soubelet: me vinculé a través de una web de Contactos para Solos y Solas con un desconocido que, según lo que dice en el Messenger, es un verdadero caballero, cosa que me atrae mucho. Se auto describe como un soltero romántico amante de realizar largas caminatas por el Jardín Zoológico los fines de semana. Ese detalle fue el que me convenció de que es un romántico en busca de nuevo amor. ¿Usted qué opina?
RESPUESTA: Que ese detalle fue el que me convenció que ese tipo es separado y padre de uno o varios niños a los que debe sacar los fines de semana. Y que está a la pesca de un poco de joda, además.
PREGUNTA: Vea, a mí me encanta estar desnudo. Y trato de andar así la mayor cantidad de tiempo posible. ¿Puede hacerme mal esta costumbre?
RESPUESTA: Depende de la estación. Si anda desnudo en invierno puede terminar en cana. Si anda desnudo en Estación Retiro puede terminar en cana.
PREGUNTA: Mi novio me insiste y me insiste y me insiste con que le entregue la colita. Pero a mí me da miedo de que me duela mucho. Cuando se lo digo se enoja y me asegura que no duele. ¿Sólo trata de engañarme, no?
RESPUESTA: Su novio le dice la verdad. A él no le va a doler nada.
PREGUNTA: ¿Realmente existen tratamientos confiables para alargar el pene? No quisiera que piense que soy un obsesivo con el tema, pero me he documentado y mucho. Tanto en revistas como por Internet. También he gastado mucho dinero en diversas consultas con sexólogos. Y la verdad es que unos aseguran que sí y otros que no. También es cierto que los periódicos y las revistas nos bombardean a diario con infinidad de publicidades de productos para tales fines. ¿Cuál es la verdad?
RESPUESTA: La verdad es que usted la tiene así de chiquitita.
PREGUNTA: ¿Es cierto o es un mito que los negros las tienen más largas?
RESPUESTA: Minga de mito. Eso no es ningún secreto. Basta con que preste atención a cualquier fotografía en la que se encuentre un blanco junto a un negro para que compruebe que los negros tienen las piernas mucho más largas.
PREGUNTA: ¿Es posible que a estos patéticos jirones de efímera luz que brindan algunos escasos chispazos de pasión se reduzca la felicidad humana?
RESPUESTA: ¡Qué sé yo!
PREGUNTA: Estimado Dr. Soubelet, soy una mujer de treinta y cinco años, recientemente separada y con ganas de divertirme un poco. De manera que ahora voy a bailar, concurro a esos bares frecuentados por gente soltera y, como tengo puesto un espiral, cuando las cosas se dan no me resisto a que los desconocidos me lleven a la cama (nunca menos de cuatro veces por semana). Jamás comento mi vida privada a mis compañeras de trabajo porque creo que son todas unas anticuadas y no me comprenderían. ¿Usted cree que hago mal en tratar de ingresar nuevamente al mundo de los solteros tal y como son las cosas hoy en día?
RESPUESTA: ¡PUTA! ¡Uy, perdón! ¡Usted es bastante jodona, eh!
PREGUNTA: Lo consulto porque tengo entendido que usted responde a cualquier pregunta de índole sexual (y la verdad es que soy vergonzoso y no sabría a quién preguntarle). Tengo una duda acerca del sexo oral, una práctica que me apasiona. ¿Cómo se escribe, felatio, fellatio, felattio o fellattio?
RESPUESTA: Mire, en mi caso, mientras me la efectúe una señorita diestra en tales lides, me da igual que sea culta o analfabeta.
PREGUNTA: ¡Doctor Soubelet, estoy desesperado! ¡Mi esposa me descubrió justo cuando me garchaba a la perra! ¡¿Qué le digo ahora?!
RESPUESTA: En estos casos siempre es preferible que caigan las máscaras y decir la verdad. Háblele con tranquilidad. Explíquele que es cierto. Que la engañó durante todo éste tiempo. Que en realidad usted está casado con esa señora que entró.
PREGUNTA: Soy un hombre grande que vive sólo. Y aunque ya pasé largamente los sesenta todavía sigo con ganas de divertirme. Francamente, para el levante callejero no me da la cara, temo hacer el ridículo. Por eso pensé que lo más práctico y expeditivo sería vincularme con alguna mujer por medio de los salones de Chat Erótico de Internet. Y claro, al principio va todo bien, pero cuando me preguntan la edad inmediatamente desaparece todo interés y me mandan a hacer gárgaras. ¿Cómo hago?
RESPUESTA: Es sencillo: una vez con el líquido en la boca tira la cabeza para atrás y hace: ¡AAAAGGGJJJHHH!
PREGUNTA: Doctor Soubelet, soy una atractiva mujer de treinta y dos años. Soltera por propia voluntad. Soy bella culta e inteligente. No es pedantería, es un hecho. De más está decirle que los hombres me acosan como moscardones. Y de más está también decirle que una mujer como yo pretende mucho más que un moscardón junto a ella. El problema es justamente ese: permanentemente se me pegan hombres con quienes salgo para divertirme pero que enseguida quieren darle al asunto un cariz formal y cuando les digo que ni loca, se ofenden. ¿Cómo hago para que comprendan de inmediato que solo consideraré la posibilidad de encarar una relación seria, con visión de futuro, cuando encuentre lo que yo considero mi hombre ideal?
RESPUESTA: Fácil: ni bien se le acerque por la calle algún señor a preguntarle la hora o dónde queda determinada calle, usted le responde (de corrido y sin dejarse interrumpir) que no se confunda, que usted no es ninguna regalada y que tenga bien claro que sólo entregará el tujecito al hombre de su vida: aquél que sepa ser fuerte y suave a la vez. Que sea alto, imponente, pero que sepa ser tierno también. Que sepa enamorarla con sorpresitas inesperadas: flores, bombones, ropa, algún viajecito. Que sepa lograr que «usted» viva siempre pendiente de él (también intentando sorprenderlo: llevándole el desayuno a la cama luego de hacer la fechoría, esperándolo en casa con lencería y la mesa puesta y velas, en penumbras. Que sea un hombre siempre dispuesto «a hacerlo», pero sin llegar a ser un baboso. Que sepa hacerla sentir una mujer deseada. Que sepa ser mimoso primero, apasionado luego y tierno después. Que regrese del trabajo feliz de reencontrarse con usted (y no hecho un trapo). Que no sea quejoso ni machista. Que sepa hablarle de las cosas que a usted le interesan, y no sólo de lo que leyó en el diario o lo que pasó ese día en la oficina. Que tenga prestancia y carácter. Que sea seguro de sí mismo, firme, con ambiciones, a la vez que juguetón, compinche y divertido. Que sea buen mozo. Que los hombres lo envidien y respeten y las mujeres lo admiren y deseen. Que sepa cuando tratarla con dulzura, cuando con pasión, cuando con comprensión, cuando dejarla en paz… y que también sepa cuando ponerle límites (sin convertirse en un tirano). Que sea independiente emocional y económicamente. Que sepa ser educado y culto, pero que también disfrute de los deportes al aire libre con otros hombres. Que sea bondadoso, nada amarrete, que no ronque, y, por supuesto, que sea limpio y gentil.
Ya verá, amiga, que si deja las cosas claras de entrada los hombres no insistirán y la dejarán sola en su búsqueda del hombre ideal. Eso sí: bastante sola la dejarán (sea cual fuere el resultado de su búsqueda). Fíjese: si no lo encuentra, se pasará los mejores años de su vida en busca de un ideal para quedar, para quedar, finalmente, vieja, solterona y más sola que una perra. Si en cambio tiene la suerte de encontrar a un hombre tan maravilloso… dudo que un tipo como ese le de pelota a una hinchapelotas como usted. Sí, ya sé lo que está pensando. Pero no cuente conmigo. El próximo fin de semana viene a casa Angelina Jolie.
PREGUNTA: Doc, no sé si me recuerda. Hace ya tiempo le escribí que tenía 16 años y que había tenido una experiencia sexual con un chico de mi edad. Si era para preocuparme. Usted me respondió que no, que no me preocupara. Que aquello, a mi edad, era normal. Más adelante volví a escribirle. Le confesé que lo había engañado. Que en realidad las experiencias habían sido varias. Cuando publicó aquella segunda carta volvió a asegurarme (aunque sin tanto énfasis como la primera vez) que no me preocupara. Que aún así seguían siendo experiencias normales en un chico adolescente que su despertar sexual lo llevaran a vivir este tipo de experiencias. Hoy vuelvo a escribirle. Debo confesarle que en aquella segunda carta también lo engañé. Las experiencias con tipos de mi mismo sexo fueron bastante más que varias. En realidad, todos los fines de semana. Es más, ha conocido infinidad de hombres en los baños públicos de las estaciones de tren. Y también debo sincerarme en otra cosa. Cuando le dije que tenía 16 años también lo engañé. Tengo 43. A pesar de todo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿lo mío es para preocuparme? ¿Seré puto, nomás?
RESPUESTA: ¿Recuerda cuando le dije que no tenía que preocuparse? Bueno: lo engañé.
PREGUNTA: Doctor Soubelet, me dirijo a usted por dos razones. Una que es la única persona en que confío pueda solucionar mi problema. Y otra porque es gratis. Con mi mujer estamos tremendamente preocupados. Días atrás, mientras guardaba la ropa recién planchada en el placard de mi hijo de 17 años, mi esposa encontró, medio escondidas, unas medias negras de mujer, bombachitas y un portaligas. Claro, mi hijo trae a casa a una chica __ su novia, dice __ y se encierran en su cuarto. Obviamente que pensé que se encerraban para tener relaciones sexuales. Y si bien la cosa no me gustó, le confieso que sentí cierto orgullo de que mi pibe se bajara a semejante minón (y que, encima, la potra usara semejantes prendas). Sin embargo, días atrás (y ya no en forma casual, ya que a raíz de lo que le acabo de contar en su ausencia solemos revisar su placard y sus cajones) hallamos, también escondidas, revistas pornográficas de homosexualidad masculina (y hasta un corpiño que hacía tiempo le había desaparecido y por cuya desaparición estuvo a punto de despedir a la mucama). ¿Usted, como profesional, qué opina, doctor?
RESPUESTA: Que su hijo es flor de puto.
PREGUNTA: Estimado Dr. Soubelet, hace ya un tiempo que mi esposa tiene ciertas actitudes que me hacen sospechar que no es tan franca conmigo como siempre quise creer. De un tiempo a esta parte, dos o tres veces por semana el teléfono suena una sola vez y se corta. Invariablemente al ratito ella dice: «Ya vuelvo» y agarra la bolsa del mercado (pero no sin antes cambiarse. Usted ya sabe: vestidos ajustados de lycra, minifaldas escandalosas y todo eso). Le aclaro, aunque sé que es innecesario, que cuando va conmigo a hacer las compras lo hace vestida así nomás, de entrecasa. Además, cuando regresa de éstas salidas «al mercado» (nunca tarda menos de dos horas) trae en la bolsa solo dos o tres pavadas, como si hubiera comprado algo para disimular. ¿Qué me aconseja?
RESPUESTA: Que le esconda la bolsa del mercado.
PREGUNTA: Me impulsa a consultarle la extrema seriedad que manifiesta en sus respuestas. Siempre tuve una duda: ¿una mujer puede quedar embarazada de un animal, por ejemplo de un perro (un ovejero alemán)?
RESPUESTA: Mi pequeño pimpollo, no se ofenda, pero me parece que usted es flor de degenerada.
PREGUNTA: ¿Hasta qué punto se debe ser permisivo con nuestra esposa? Mi mujer siempre fue una mujer muy caliente. Todo lo no convencional la excita. Ya sabe: atarnos, hacerlo en lugares poco frecuentes, esas cosas. Y no me quejo. La cuestión es que de un tiempo a ésta parte empezó con que la calentaba que yo me pusiera su lencería. Me molestó, claro, pero obvio que si no accedía tendría un problema (porque es brava). Bueno, ahora se encaprichó con que quiere sacarme fotos así vestido mientras tenemos sexo. ¿Hasta cuando debo acceder a sus caprichos?
RESPUESTA: El día en que usted llegue a su casa y se encuentre con que su esposa está reunida con sus amigas y, entre carcajadas, se van pasando las fotos, habrá llegado el momento de decir basta.
PREGUNTA: Vea lo que me pasa. No soy marica ni nada por el estilo. Sin embargo de un tiempo a ésta parte siento gran atracción por los penes. No, no se ría, que no me contradigo. Sé que no soy trolo, ya que el diccionario explica que un homosexual es aquél que se siente atraído por personas de su mismo sexo. Y no es mi caso ya que la sola idea de besar a un tipo me da ganas de vomitar. Y no solo eso: las mujeres me calientan… casi tanto como una buena poronga. ¡Si hasta me masturbo imaginando que chupo un enorme y caliente pene! Quisiera concretar mi fantasía, pero el solo hecho de saber que mientras la esté chupando voy a estar mirando a un hombre todo peludo me enfría y asquea. ¿Qué hago?
RESPUESTA: Chúpela con los ojos cerrados.
PREGUNTA: Dr. Soubelet, le ruego que me conteste a mí antes que a los demás. Total: ¿ellos qué saben? Estoy embarazada de cuatro meses, pero no quiero tener un hijo. ¿Qué puedo hacer?
RESPUESTA: Rece para tener una hija.
PREGUNTA: Dr. Soubelet: me vinculé a través de una web de Contactos para Solos y Solas con un desconocido que, según lo que dice en el Messenger, es un verdadero caballero, cosa que me atrae mucho. Se auto describe como un soltero romántico amante de realizar largas caminatas por el Jardín Zoológico los fines de semana. Ese detalle fue el que me convenció de que es un romántico en busca de nuevo amor. ¿Usted qué opina?
RESPUESTA: Que ese detalle fue el que me convenció que ese tipo es separado y padre de uno o varios niños a los que debe sacar los fines de semana. Y que está a la pesca de un poco de joda, además.
PREGUNTA: Vea, a mí me encanta estar desnudo. Y trato de andar así la mayor cantidad de tiempo posible. ¿Puede hacerme mal esta costumbre?
RESPUESTA: Depende de la estación. Si anda desnudo en invierno puede terminar en cana. Si anda desnudo en Estación Retiro puede terminar en cana.
PREGUNTA: Mi novio me insiste y me insiste y me insiste con que le entregue la colita. Pero a mí me da miedo de que me duela mucho. Cuando se lo digo se enoja y me asegura que no duele. ¿Sólo trata de engañarme, no?
RESPUESTA: Su novio le dice la verdad. A él no le va a doler nada.
PREGUNTA: ¿Realmente existen tratamientos confiables para alargar el pene? No quisiera que piense que soy un obsesivo con el tema, pero me he documentado y mucho. Tanto en revistas como por Internet. También he gastado mucho dinero en diversas consultas con sexólogos. Y la verdad es que unos aseguran que sí y otros que no. También es cierto que los periódicos y las revistas nos bombardean a diario con infinidad de publicidades de productos para tales fines. ¿Cuál es la verdad?
RESPUESTA: La verdad es que usted la tiene así de chiquitita.
PREGUNTA: ¿Es cierto o es un mito que los negros las tienen más largas?
RESPUESTA: Minga de mito. Eso no es ningún secreto. Basta con que preste atención a cualquier fotografía en la que se encuentre un blanco junto a un negro para que compruebe que los negros tienen las piernas mucho más largas.
PREGUNTA: ¿Es posible que a estos patéticos jirones de efímera luz que brindan algunos escasos chispazos de pasión se reduzca la felicidad humana?
RESPUESTA: ¡Qué sé yo!
PREGUNTA: Estimado Dr. Soubelet, soy una mujer de treinta y cinco años, recientemente separada y con ganas de divertirme un poco. De manera que ahora voy a bailar, concurro a esos bares frecuentados por gente soltera y, como tengo puesto un espiral, cuando las cosas se dan no me resisto a que los desconocidos me lleven a la cama (nunca menos de cuatro veces por semana). Jamás comento mi vida privada a mis compañeras de trabajo porque creo que son todas unas anticuadas y no me comprenderían. ¿Usted cree que hago mal en tratar de ingresar nuevamente al mundo de los solteros tal y como son las cosas hoy en día?
RESPUESTA: ¡PUTA! ¡Uy, perdón! ¡Usted es bastante jodona, eh!
PREGUNTA: Lo consulto porque tengo entendido que usted responde a cualquier pregunta de índole sexual (y la verdad es que soy vergonzoso y no sabría a quién preguntarle). Tengo una duda acerca del sexo oral, una práctica que me apasiona. ¿Cómo se escribe, felatio, fellatio, felattio o fellattio?
RESPUESTA: Mire, en mi caso, mientras me la efectúe una señorita diestra en tales lides, me da igual que sea culta o analfabeta.
PREGUNTA: ¡Doctor Soubelet, estoy desesperado! ¡Mi esposa me descubrió justo cuando me garchaba a la perra! ¡¿Qué le digo ahora?!
RESPUESTA: En estos casos siempre es preferible que caigan las máscaras y decir la verdad. Háblele con tranquilidad. Explíquele que es cierto. Que la engañó durante todo éste tiempo. Que en realidad usted está casado con esa señora que entró.
PREGUNTA: Soy un hombre grande que vive sólo. Y aunque ya pasé largamente los sesenta todavía sigo con ganas de divertirme. Francamente, para el levante callejero no me da la cara, temo hacer el ridículo. Por eso pensé que lo más práctico y expeditivo sería vincularme con alguna mujer por medio de los salones de Chat Erótico de Internet. Y claro, al principio va todo bien, pero cuando me preguntan la edad inmediatamente desaparece todo interés y me mandan a hacer gárgaras. ¿Cómo hago?
RESPUESTA: Es sencillo: una vez con el líquido en la boca tira la cabeza para atrás y hace: ¡AAAAGGGJJJHHH!
PREGUNTA: Doctor Soubelet, soy una atractiva mujer de treinta y dos años. Soltera por propia voluntad. Soy bella culta e inteligente. No es pedantería, es un hecho. De más está decirle que los hombres me acosan como moscardones. Y de más está también decirle que una mujer como yo pretende mucho más que un moscardón junto a ella. El problema es justamente ese: permanentemente se me pegan hombres con quienes salgo para divertirme pero que enseguida quieren darle al asunto un cariz formal y cuando les digo que ni loca, se ofenden. ¿Cómo hago para que comprendan de inmediato que solo consideraré la posibilidad de encarar una relación seria, con visión de futuro, cuando encuentre lo que yo considero mi hombre ideal?
RESPUESTA: Fácil: ni bien se le acerque por la calle algún señor a preguntarle la hora o dónde queda determinada calle, usted le responde (de corrido y sin dejarse interrumpir) que no se confunda, que usted no es ninguna regalada y que tenga bien claro que sólo entregará el tujecito al hombre de su vida: aquél que sepa ser fuerte y suave a la vez. Que sea alto, imponente, pero que sepa ser tierno también. Que sepa enamorarla con sorpresitas inesperadas: flores, bombones, ropa, algún viajecito. Que sepa lograr que «usted» viva siempre pendiente de él (también intentando sorprenderlo: llevándole el desayuno a la cama luego de hacer la fechoría, esperándolo en casa con lencería y la mesa puesta y velas, en penumbras. Que sea un hombre siempre dispuesto «a hacerlo», pero sin llegar a ser un baboso. Que sepa hacerla sentir una mujer deseada. Que sepa ser mimoso primero, apasionado luego y tierno después. Que regrese del trabajo feliz de reencontrarse con usted (y no hecho un trapo). Que no sea quejoso ni machista. Que sepa hablarle de las cosas que a usted le interesan, y no sólo de lo que leyó en el diario o lo que pasó ese día en la oficina. Que tenga prestancia y carácter. Que sea seguro de sí mismo, firme, con ambiciones, a la vez que juguetón, compinche y divertido. Que sea buen mozo. Que los hombres lo envidien y respeten y las mujeres lo admiren y deseen. Que sepa cuando tratarla con dulzura, cuando con pasión, cuando con comprensión, cuando dejarla en paz… y que también sepa cuando ponerle límites (sin convertirse en un tirano). Que sea independiente emocional y económicamente. Que sepa ser educado y culto, pero que también disfrute de los deportes al aire libre con otros hombres. Que sea bondadoso, nada amarrete, que no ronque, y, por supuesto, que sea limpio y gentil.
Ya verá, amiga, que si deja las cosas claras de entrada los hombres no insistirán y la dejarán sola en su búsqueda del hombre ideal. Eso sí: bastante sola la dejarán (sea cual fuere el resultado de su búsqueda). Fíjese: si no lo encuentra, se pasará los mejores años de su vida en busca de un ideal para quedar, para quedar, finalmente, vieja, solterona y más sola que una perra. Si en cambio tiene la suerte de encontrar a un hombre tan maravilloso… dudo que un tipo como ese le de pelota a una hinchapelotas como usted. Sí, ya sé lo que está pensando. Pero no cuente conmigo. El próximo fin de semana viene a casa Angelina Jolie.
PREGUNTA: Doc, no sé si me recuerda. Hace ya tiempo le escribí que tenía 16 años y que había tenido una experiencia sexual con un chico de mi edad. Si era para preocuparme. Usted me respondió que no, que no me preocupara. Que aquello, a mi edad, era normal. Más adelante volví a escribirle. Le confesé que lo había engañado. Que en realidad las experiencias habían sido varias. Cuando publicó aquella segunda carta volvió a asegurarme (aunque sin tanto énfasis como la primera vez) que no me preocupara. Que aún así seguían siendo experiencias normales en un chico adolescente que su despertar sexual lo llevaran a vivir este tipo de experiencias. Hoy vuelvo a escribirle. Debo confesarle que en aquella segunda carta también lo engañé. Las experiencias con tipos de mi mismo sexo fueron bastante más que varias. En realidad, todos los fines de semana. Es más, ha conocido infinidad de hombres en los baños públicos de las estaciones de tren. Y también debo sincerarme en otra cosa. Cuando le dije que tenía 16 años también lo engañé. Tengo 43. A pesar de todo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿lo mío es para preocuparme? ¿Seré puto, nomás?
RESPUESTA: ¿Recuerda cuando le dije que no tenía que preocuparse? Bueno: lo engañé.
Como habrán leído en los diarios, esta redacción recibió la desagradable visita sorpresa de los (siempre bienvenidos) inspectores municipales (que se descolgaron de los techos como los de SWAT). Nos obligaron a construir una baño para lisiados e instalar mingitorios en los baños (nosotros piyábamos contra los árboles y en las macetas). Y también publicar acá una fotografía de nuestra coqueta redacción. A continuación cumplimos con lo ordenado señores (siempre muy respetados) inspectores:
jueves 14 de diciembre de 2006
¡HORÓSCOPO SEXUAL!
«EL HORÓSCOPO DEMENTE DEL PAI SOUBELET»
ENVIANDO SUS PROBLEMAS SEXUALES (Y SU SIGNO) A:
guillermosoubelet@gmail.com
recibirán en su e-mail y gratuitamente su horóscopo personal y los consejos para el CONSULTORIO SENTIMENTAL/SEXUAL
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¡Y TODO SIN PONER UN MANGO!
ACLARACIÓN:
NO SEA VAGO: NO BUSQUE SOLO SU SIGNO. ESTE HORÓSCOPO ES CÓMICO SÓLO SI SE LEEN TODOS LOS SIGNOS DE CORRIDO.
ARIES
La luna pasa por Aries imprimiéndole a su clítoris un desenfreno irracional superlativo. Esta fiebre irreprimible y descontrolada no la abandonaráhasta el próximo año bisiesto. ¡Suerte!
TAURO
Tiene mucha protección planetaria, pero no se agrande que igual seguirá teniendo la pija corta y blanda. Recuerde: por más que los lave, usar el preservativo más de una vez es una cochinada. Intente cepillar más.
GÉMINIS
Usted cree que su mujer no se da cuenta, pero ya van como cuatro años que no se le para como es debido.¿Qué ella parece satisfecha?Aparézcase de sorpresa a las tres de la tarde y verá. Intente cepillar más.
CÁNCER
Si llegó a pensar: «No creo que halla sido intencional. ¡Es mi tío!» Háganos caso: ¡Cuidado con ese guacho! Sea prudente en el uso de pepinos y aerosoles. Evite creer en las promesas dudosas. Aunque le aseguren que chupe tranquila que no le terminarán en la boca, desconfíe.
LEO
Un exceso de higiene tampoco es bueno. Recuerde que desde que se inventó el bidet se acabó el gustito. Excelente época para hacerse sacar la prótesis que se le quedó atorada aquél fin de semana que su esposa viajó. Cuídese en los subtes a las horas pico. Intente cepillar más
VIRGO
Los horarios nocturnos son los más propicios. Sobre todo si quiere cenar o mirar las estrellas. En cuanto a su vida sexual: posibles novedades. O quizás todo siga igual.Puede que haya un poquito de novedades pero no mucho. Lo que es seguro es que se le seguirá cayendo el pelo. Intente cepillar más.
LIBRA
Etapa de ingenuidad. Si le prometen que si entran no le harán nada que usted no desee, no les crea, no sea boluda.Otra cosa: si van seis meses que no le viene «el asunto», ya va siendo hora de preocuparse. Intente cepillar más.
ESCORPIO
Procure no dar más explicaciones que las estrictamente necesarias.No es necesario informarle al empleado del telo: «¡Venimos a coger!» La luna transita por Escorpio, así que mire bien antes de cruzar. Finalmente su esposo aceptará a su hijo el transexual. Eso sí, deberán comprar una cama más ancha.
SAGITARIO
No sea asqueroso: aunque se haga la dormida, su esposa sí huele sus pedos nocturnos. Cuídese de su suegro (y con todos, en realidad. Nunca olvide los preservativos). Evite los pepinos, zanahorias y lanzallamas. Intente cepillar más.
CAPRICORNIO
Si bien no se puede vivir pendiente del qué dirán, algo de razón tiene el cura al molestarse porque usted se presentó a misa vistiendo esa minifalda que tan mona le queda. No insista con eso de que su esposa también usa y a ella no le dice nada. Contrólese. Intente cepillar más.
ACUARIO
Excelente momento para hacerse dar por el culo. A partir de la semana próxima Marte dejará de importunarlo: levantarán «El Capitán Marte y el XL5» y repondrán «La Isla de Guilligan». Hará un viaje. Momento propicio para el sexo (sobre todo para su mujer, que se queda). Intente cepillar más.
PISCIS
Evite las situaciones delicadas, como que su esposa lo descubramientras es montado por el gran danés.¡Después nunca le creen a uno! ¿Una nueva cirugía para estirarse la cara? Mmm... puede ser. ¡Pero cada vez que pestañee se le va a abrir el culo! Intente que se lo cepillen menos.
CHISTES
CHISTES
(Recuerden, alumnos: si el texto de alguno de los siguintes chistes resulta demasiado chico, no se suiciden, hagan CLIC sobre la imagen y PLIN se agrandará).
miércoles 13 de diciembre de 2006
Sí, sí, ya sé que el chiste de la chica en el micro con los consoladores es una verdadera guarangada. Prometo, en compensación, hacer después dos o tres buenas acciones por ahí.
Como es posible que alguno de ustedes (¡Dios no lo quiera!) opine que mi estilo de humor es demasiado negro, adjunto como compensación ésta dulcísima foto de mamá jirafa con su bebé jirafita para enternecerles el corazón y para que digan: «¡¡Ahhhhh… !!»
LA LOCURA, SEGÚN EINSTEIN.
LOCURA:
«SEGUIR HACIENDO LO MISMO Y ESPERAR RESULTADOS DIFERENTES»
A. EINSTEIN
A. EINSTEIN
Por ese entonces el escenario musical estaba lleno de genios y de superbandas: Led Zeppelin, Deep Purple, Pink Floyd (y su experimental rock psicodélico), Genesis (con Peter Gabriel), Black Sabbath, Yes y Emerosn, Lake and Palmer juegan con el Rock Sinfónico, King Krimson, los mitológicos The Who, Jethro Tull alardea con su música celta y canciones del bosque y los gnomos u óperas rock que otros llamaban Art Music).
Frank Zappa presume de ser un genio de avanzada (el tema Humo sobre el agua, de Deep Purple, habla de un recital de Zappa en el que el teatro se prendió fuego), Alice Cooper (de quien nada menos que el genial Salvador Dalí decía que era un genio y le hizo la escenografía de uno de sus recitales), y John Lennon, que no permitía nada de nadie, permite que un pelotudito asesine a uno de los genios musicales y cerebro preclaros del siglo y convierta con ese disparo a John en mito (ya era), a Joko en millonaria y a Paul le sacó de encima la presencia del verdadero genio de la cosa que tanto lo fastidiaba.
Aparece Kiss (ojito, el Kiss de la primera época, eh!) y arrasa con todo, no había una sola revista que no los pusiera en tapa (aunque no fuera para criticarlos por pisar pollitos... cosa de la que no existe ni una sola foto). Y de un día para el otro los dormitorios de todos los adolescentes varones aparecieron empapelados con los posters del grupo. Por aquellos días un muchachito dientudo, morochito, africano, hijo de diplomáticos persas al servicio del gobierno británico decide dejar de lado sus estudios de artes plásticas y diseño gráfico en Londres y probar suerte con la música formando el grupo Queen.
Ese año Mirta Legrand y Mick Jagger anunciaron que ese sería su último año. Los Pink Floyd contratan al destacado director Alan Parker para que convierta en una película los delirios de su líder vocal Roger Waters y el tipo se manda PINK FLOYD THE WALL y les rompen el culo a todos... y el ardor anal se hizo sentir por mucho tiempo. Aparece un negro flaquito que bailaba de una manera que no se parecía a nadie (muy pronto todos iban a querer parecérsele) se disfraza de muerto viviente y bate todos los record de venta con Thriller (en ese entonces todavía era negro). Encima, por aquél entonces, los empleados de las disquerías todavía eran lo suficientemente ingenuos como para comprarte un disco, grabártelo, volver a la disquería y decirle: «Ay, me regalaron este disco y ya lo tenía, ¿lo puedo cambiar?» Y tenías dos discos por la misma guita (cosa que hoy podés seguir haciendo si comprás un CD en Musimundo).
Se ponen de moda los Video Bar y David Lee Roth, que ya había eclipsado a la figura del pobre Eddie Van Hallen, acaparaba la mirada de las hembras (y de algunos machitos) en cuanto video clip aparecía (mas tarde los haría con «Sólo un gigoló» y «Chicas de California». Ese año Phil Collins, Sting y Marck Knoffler (guitarrista y voz los Dire Strait) no paraban de vender y los yankes puteaban y se preguntaban «¡¿Pero la puta madre, hay que ser inglés para hacer guita?! ¡¡Nosotros lo único que vendemos son cinco negros gordos cantando rap!!» Encima hasta Coverdale (ex Deep Purple y triunfador con Whitesnake) que acababa de mudarse a California, declaraba que los buenos músicos eran todos ingleses. Y justo el gordito malo Ozzy va y saca Estoy tan Sólo y hace llorar a todos los rockeros duros. Phil Collins saca un nuevo Cd (exactamente igual a los anteriores) y se llena de guita. Al ver que ser lindo y rubio y bronceado y vestirse fashion le daba guita al rubio canadiense David Lee Roth armaron un grupo a su imagen y semejanza y salió Posion a robar por un tiempo. Por la misma época aparece Prince y saca provecho de su androginia. Judas Priest e Iron Maiden hacían lo suyo y Phil Collins sacaba un nuevo Cd (exactamente igual a los anteriores) y se llenaba de guita. Coverdale (antes tan duro y ahora teñidito de rubio y muy bronceadito) se manda «1987» el disco con el que se llenó de guita. No sólo eso: se casó con la Diosa porno del video del tema «¿Es esto amor?» y como se supo lo del pasado de trola de la minita y como le daba bronca que lo trataran de cornicheli, Coverdale compró todas las copias de los videos porno que daban vueltas por el mundo que había hecho la muchacha traviesa. INXS la pega desde Australia y
Michael Jackson (¡Ahora blanquito!) saca «Bad», vende como un hijo de puta (ya la guita la pesaba en lugar de contarla) pero la verdad es que nadie lo creía muy bad que digamos. Ese año Mirta Legrand y Mick Jagger anunciaron que ese sería su último año y Elton John sacaba el muy dulce Una Palabra En Español... y se llenaba de guita. Era la época del rock californiano (Fuck you, inglesitos! ¡Ja, Ja!) y todos los días salían nuevas bandas de rubios lindos y bronceaditos. Uno de ellos (hijo de un peluquero de New Jersey y de una conejita Playboy) grabó un demo y se lo dejó en el buzón a The Boss Bruce Springteen. Quien se lo devolvió diciéndole que mejor se dedicara a otra cosa. El chico no se desanimó golpeó las puertas de las grabadoras, se cambió el apellido demasiado tano: Bónjovi y se convirtió en Bon… Jovi (que vendió mas que Bruce Springteen... y a las chicas les gustaba mas). Phil Collins saca un nuevo Cd (exactamente igual a los anteriores) y se llena de guita y los Dire Strait rompen todo con su pegadizo «Sultanes del ritmo» un tema simplito, sí, pero con dos solos de guitarra que minga de simplitos. Aparece un grupo distinto, rockeros, pero rockeros de verdad, minga de rock fashion, que se llaman Los Ramones (bueno... «The» Ramones) y arrasan. Son terriblemente buenos y duros y primitivos. ¡Bien por ellos! Hacía falta un poco de eso entre tanto rock maquillado proveniente de la costa de California (Posion, etc). Ah, pero no fueron los únicos chicos duros. The Ramones eran «duros», pero aparecieron cuatro que eran más que duros… eran definitivamente «chicos malos» de verdad. Cuatro tipos que nada que ver con los rubios lindos y edulcorados.
Vivían en California, sí, pero eran malos y salvajes y machistas y racistas y violentos y borrachos y retauados y drogones y peleadores. Sí, y armaron un grupo al que le pusieron Motley Crue y les pasaron por arriba A TODOS (tanto que hasta se dieron el lujo de, en su gira, llevar de teloneros nada menos que a Whitesnake ( ¡¡¡a Whitesnake en su época de esplendor!!). Chupate esa mandarina! Y como si fuera poco, el lungo baterista Tommy Lee se la levantó nada menos que a Pamela Anderson (a Pamela Anderson con 15 años menos) y se mandaron ese video porno con el que se llenaron de guita. Y eso no es nada: el mejor momento de la banda, Teatro del Dolor, el grupo sale de gira triunfal por todo el mundo, y resulta que el líder indiscutido (y si le discutías te cagaba a palos) Nikky Sixx estaba tan pasado de rosca que contrataron a otro tipo igualito que lo suplantó durante toda la gira y nadie se avivó. El Tipo era IGUAL. Le hicieron el mismo peinado, le hicieron los mismos y exactos tatuajes y todo. No sólo eso: parece ser que es el verdadero autor de temitas como «Fumando en el cuarto de los niños» y «Home sweet, home» (que firmó Nikky Sixx). Después el chabón se repiró, se creía que era Nikky Sixx, se hizo los mismos tatuajes que Sixx, se vestía igual e iba a todos lados diciendo que era Nikky Sixx. Daba notas en las cadena stelevisivas y hasta se corrió la voz de que para convertirse realmente en Nikky Sixx lo intentó asesinar y el pobre Sixx vivía cagado en las patas, armado dentro de su mansión con cerca electrificada. Ese año Mirta Legrand y Mick Jagger anunciaron que ese sería su último año e Iggy Pop (La Iguana) emerge de la tumba. Entonces Europe empezó a romper las pelotas con La Última Cuenta Regresiva, Phil Collins saca un nuevo Cd (exactamente igual a los anteriores) y se llena de guita. Aparece el pelotudito putín Boy George y su Culture Club, George Michael deshace Wam! (¡Gracias a Dios!) y se convierte en estrella de las FM, Deep Purple intenta una de sus múltiples reapariciones (y no lo hace nada mal: saca «Perfectos extraños», un CD del carajo).
Lez Zeppelin se junta por única vez en el aniversario del sello grabador y logran emocionar a los viejos cantando (pésimo) «Escaleras al Cielo» con un emocionado baby Bonham a la batería (el hijo del difunto John Bonham, el mítico batero del grupo). Mas o menos por esa época los brasileños sacuden al mundo organizando una especie de Nuevo Woostock: Rock in Río, un mega recital del carajo donde no faltó absolutamente nadie de los mega grupos. Y la verdad es que todos hicieron un buen papel. Sting (ya sin The Police) saca El Sueño de las Tortugas Azules y le va bien (el tema «Rusos» lo pone en su mejor momento creativo... que no le iba a durar mucho). Ese año Mirta Legrand y Mick Jagger anunciaron que ese sería su último año. Ah, pero en Estados Unidos estaban Michael Jackson y Bruce Springteen (que salió a gritar «Born in USA!» a los cuatro vientos y, la verdad, lo gritó muy bien). Phil Collins saca un nuevo Cd (exactamente igual a los anteriores) y se llena de guita. Es la época del esplendor del rap. Y pasó algo muy pero muy divertido. Un grupo de negros gordos raperos (no me preguntes el nombre, creo que Fat Boys) tuvieron una idea muy original: hicieron un video bárbaro en el que había dos recitales a la vez: un escenario en el que estaban ellos cantando un rap... y del telón del fondo del escenario hacia el otro lado, otro escenario con el mismo telón de fondo común en el que un grupo de rockeros que habían sido famosos tiempo atrás pero del quienes ya nadie se acordaba, cantarían para su ESTÚPIDO PÚBLICO ROCKERO el mismo tema pero en tiempo de rock (esa era la visión que los raperos intentaban dar, riéndose de los rockeros). ¡¡Ja!! ¿Alguna vez escucharon la frase «El tiro por la culata»? La banda que eligieron para no correr riesgos fue Aerosmith, de quienes ya nadie se acordaba.
¿El resultado? Aerosmith (te guste o no) volvió a convertirse en una de las principales bandas de rock, llegó al número uno en Inglaterra y en USA (eso significa muchos millones de dólares) y de los raperos ya nunca nadie se acordó. Incluso hay un reportaje en el que les preguntan que opinan de Aerosmith y los negros gritan: Fuck you, Aerosmith! Sale la divertida película «El Mundo de Wayne» con permanentes recuerdos de las mejores bandas del rock (hasta cantan Rapsodia Bohemia en el auto) aparece Alice Cooper y en «El Mundo de Wayne II» toca Aerosmith en vivo. Phil Collins saca un nuevo Cd (exactamente igual a los anteriores) y se llena de guita. Ese año Mirta Legrand y Mick Jagger anunciaron que ese sería su último año. Aparece un muy lindo Axel Rose exhibiendo el bulto en sus pantaloncitos de lycra blanca y liderando Guns’n Roses y arrasa con todo (la fama no les duraría mucho tiempo... como la fama de casi todos los grupos de rock en los que el cantante es muy lindo) pero mientras duró, ¡qué fiesta, hermano! ¿quién no recuerda «Lluvia de noviembre», «Don’t cry», «Paciencia» o «Desde que no tetengo»?).
Eric Clapton pierde un hijito que se le cayó a su ex esposa de un piso 40, saca un premiazo (no me acuerdo si no es un Oscar) se afeita la legendaria barba, se corta el pelo, empieza a usar trajecitos oscuros onda Armani y hace algo raro: deja de crecer musicalmente. Se estanca, y empieza a explotar ese estilo hermoso y elegante que tiene de tocar la guitarra. Ojo, sigue tocando maravillosamente... pero ya nunca más evolucionará. ¿Quien lo iba a decir? Igual muy mal no le fue: ahora sacó un CD de guitarras y blues nada menos que con B.B. King. Phil Collins saca un nuevo Cd (exactamente igual a los anteriores) y se llena de guita. Los AC/DC con mas de 25 años de carrera y sin participar de megafestivales (excepto Rock in Río... donde la rompieron) ni de las tapas de las revistas siguen en la cima, siguen llenando estadios en todo el mundo, se los sigue escuchando en todas la FM, seguimos viendo por todos lados a los pibes con la remera negra de AC/DC y siguen con ese estilo personal y único que los llevó arriba de todo... y nunca bajaron.
Y hoy se juntan los geriátricos Deep Purple, los Van Hallen, Rick Wakeman vuelve a los escenarios, los milenarios Credence y otros que seguirán juntándose, diciéndose (y con toda razón): «Si el gordo grasa de Luis Miguel hace guita, ¿porqué no vamos a intentar nosotros, que al menos somos músicos?» ... y aprovechando que no hay superbandas que acaparen el público ni marquen nuevos rumbos (como ellos sí hicieron).
Y, como si fuera poco, hoy 26 de julio de 2006, cumplirá sesenta y tres años Mick Jagger. ¿Y cómo los festejará? En plena gira mundial de los Stones, certificando ser la estrella de rock más grande del mundo al frente del grupo mas grande y longevo de la histora del rock. ¡Bravo, Mick!
martes 12 de diciembre de 2006
Cuento 1: TORTURA EN EL COLECTIVO
TORTURA EN EL COLECTIVO
GUILLERMO SOUBELET
Uy, uy, uy... sube. Sube... ¡Sube! ¡Hija de puta, subió nomás! Ah, pero que conmigo no cuente, eh. ¡Minga! ¿Porqué siempre yo, eh? ¿Después de todo qué? ¿Qué soy, el hijo acaso? ¿Siempre tengo que ser el único estúpido? No señor. Así que a llorar a la gruta. Ma sí. Yo me hago el que leo el diario y listo. ¡Uy.... mirá vos qué interesante, qué esclarecedor, lo que dijo Silvia Süller! ¡Y qué inteligente el hermanito! A ver... vientos del este... desmejorando por la tarde... posibilidad de chubascos y chaparrones... ¡Dios mío, la vieja podrida viene para acá! Directo a mí, como siempre. ¡Derechito! ¡¿Pero qué tengo yo que siempre, SIEMPRE, se me pegan las viejas y las embarazadas?! Y las viejas embarazadas. Y ya la tengo acá, firme como un granadero. Pero no me tengo que dejar presionar. Tengo que pensar en otra cosa. En las cosas que tengo que hacer después, por ejemplo. Porque yo tengo muchas cosa importantes que hacer hoy. Muchas. Sí, sí, muchas, pero ya me puse nervioso y no se me ocurre ninguna mecachoendié. ¡Ay, Dios mío: ¿porqué esta tortura?! Tendría que haber bondis para jovatos. Bondis geriátricos, como si dijéramos. Y todos felices. Ahí los viejos podrían viajar de lo más contentos todos juntos. Y mientras viajan podrían charlar de las jubilaciones, de los remedios, del lumbago y de todas esas cosas que tanto les gusta. Mirá que lindo. Y también bondis para embarazadas. Eso. Y para rengos. Ah, pero eso sí, eh, ¡eso sí! tendrían prohibido... ¿qué digo prohibido? ¡recontraprohibido! subir a hinchar las pelotas a los colectivos normales. Y si suben viajan paraditos como todo el mundo, mis queridos. Nada de venir cansado del laburo y justo que conseguís un asiento se sube uno de estos hinchapelotas a joderte el viaje. Que además ni gracias te dicen. Directamente se sientan y se ponen a mirar por la ventanilla con cara de ojete, encima. Igual que cuando le cedés el asiento a una de esas que sube con el crío en brazos. No solo no te dan las gracias sino que encima te miran como reprochándote que no se lo diste antes. Además de que uno las ve que están en la parada del colectivo con el chico jugando por ahí y recién lo alzan y ponen cara de cansancio cuando se suben al bondi (sin contar con las que llevan en brazos a unos grandotes que ya podrían llevarlas ellos alzadas a las madres). Dios mío, la vieja que me clava la mirada y ya estoy transpirando como un buey. Y no solamente la vieja. ¡¡Todos me miran como diciendo dejate de hacerte el idiota y cedele el asiento a la viejita!! ¿Porqué no se lo ceden ustedes ya que son tan buenos? ¡¿Porqué no habrá algún boy scout sentadito siempre listo para la buena acción del día?! ¡Y el resto de los pasajeros que me mira me mira y me mira! Ah, porque no son solamente los viejos, eh. Noooooo. También están los otros. Los cómplices. Esos otros hijos de puta que viajan en el bondi y ni bien se te para al lado uno de estos viejos torturadores o una embarazada te empiezan a mirar como si fueras un criminal. Como me miran ahora todos. ¿Porqué no se ponen a leer o a dormir o a mirar por la ventanilla y me dejan vivir en paz? ¡Ah, pero ellos siguen muy sentaditos, eh! Y los que más me revientan son los otros, los peores: los que viajan parados. Resentidos de la felicidad ajena que les encanta que suba un viejo para enseguida gritarte bien fuerte: «Usted, maleducado, ¿no ve a la abuela? ¡Cédale el asiento quiere?!» Siempre dicen «la abuela». Basuras. Eso sí, los muy hipócritas ni bien consiguen un asiento se cambian de bando y no los despegás ni que se suba una vieja atropellada por un tren. Enseguida se hacen los dormidos y si te he visto no me acuerdo. Salvo que la vieja en cuestión sea una gitana. Nadie les cede el asiento a las gitanas ni parece que nadie esperara que uno lo hiciera. Es más, una vez le di el asiento a una y los demás me miraban como si estuviera loco. ¿La razón? Misterio. Como es un misterio dónde carajo compran las gitanas esos vestidos espantosos. Ah, pero los peores, los peores los peores, son esos matrimonios hijos de puta que suben en plan Comando. Son parejas con un bebé o con la mina bien embarazada. Y suben al bondi como si no se conocieran, por separado y ella cargando al vástago. Entonces, ponele que hay un solo lugar libre y el tipo va y se sienta lo más pancho. Vos, que no sabés que vienen juntos y que están aprovechándose de tu buena fe, le cedés el asiento a la mina y resulta que toda la familia viaja muy sentadita y el único imbécil que viaja parado sos vos. También hay una subversión de estos que son la misma mierda: suben juntos y no quedan asientos. Vos, educado, le cedés el asiento a ella. Y en eso se desocupa un asiento y el tipo, en lugar de decirte que te sentés vos (que le acabás de ceder tu asiento a su esposa) se sienta muy tranquilo y te deja parado. Encima el albóndiga (el chofer del bondi) maneja en plan bestia y la vieja que aprovecha para tirárseme encima. Deben tener una clave las viejas y los colectiveros (como los enanos y los negros, que sin decir nada se reconocen entre ellos); no sé, algún guiño o algo así, como los masones, para que ni bien sube una de estas jovatas hincha pelotas los malditos entran a manejar como marineros borrachos para obligar a la muchachada a darles el asiento. ¡Y esta vieja que sigue ahí, prendida como una garrapata! Lo mismo que los colectiveros, que te gritan a ver si le cedés el asiento a la doña, a ver si le cedés! ¡Qué fácil es hacerse los virtuosos, los caballeros andantes, cuando ellos, que yo sepa, minga de ceder el asiento! ¡¡¡¿Pero hasta dónde vieja esta vieja?!!! ¡Ya di vuelta todas las páginas del diario cuarenta veces! Y la vieja que no floja y aprovecha cada bache para tirárseme encima e incrustarme la bolsa de las compras en el brazo. Encima a mí leer en el bondi me marea y me dan ganas de vomitar y esto es una tortura. Vieja hija de puta. Encima no sé qué porquería lleva en la bolsa que tiene ese olor inmundo. Debe ser alguna inmundicia que lleva siempre a propósito para joder a los que viajamos sentados. Debe hacer años que la tiene ahí en la bolsa. Algún vómito viejo por ejemplo. O algún pañal cagado hace años. Ma sí, yo me hago el que miro por la ventanilla. Y no solo la bolsa: ¡la vieja huele como si no se hubiera lavado el culo nunca en la vida! Ya se me está acalambrando el cuello así, firme mirando para la vereda de enfrente. Tres por una tres, tres por dos seis. Tres por tres nueve. Concentrate, campeón, no cedas a la tentación de mirar para arriba. El enemigo sabe eso, cuenta con que no aguantes y la mires. Y ya se sabe, si se hace contacto visual cagaste, pero cagaste la fruta. A ver, pensemos un número cualquiera. Nueve. Ahora a ver cuando aparece el primer auto con patente terminada en nueve. ¡¿Ni un auto aparece?! ¿Qué, están todos en mi contra? ¿Cuentan los colectivos y camiones? ¿Porqué será que todos los colectiveros llevan en el parabrisas esos corazoncitos de espejitos con los nombres Oscar uno y Rubén el otro? Uno enseguida piensa que son los hijos. Pero quién no te dice que sean los novios. Los que se lo empoman. Ahí mismo, entre la palanca de cambios y la maquinita de las monedas. El Monedómetro de Anteojito. ¡Que hijo de puta, qué viejo de mierda soy! Y a mí me va a dar un ataque y no aguanto y no aguanto y ¡¡¡la puta madre ¿no llega nunca este colectivo?! Lo único que le pido a Dios es que encima no suba uno de esos pelotudos disfrazados de payasitos porque me levanto y lo emboco. O peor todavía, esos insufribles ex combatientes de las Malvinas que te tratan como si uno tuviera la culpa de algo. Ay no. No. ¡NO! ¡Subió otra vieja amiga de mi vieja! Y ya empezó a decir a los gritos ¡Ay, doña Luisa! ¡¿No me diga que viene parada desde su casa?! ¡¿Cómo es que nadie le cedió el asiento?! Parece mentira, una señora mayor...
No aguanto más. Me rindo:
__ Siéntese, abuela. No la había visto.
GUILLERMO SOUBELET
Uy, uy, uy... sube. Sube... ¡Sube! ¡Hija de puta, subió nomás! Ah, pero que conmigo no cuente, eh. ¡Minga! ¿Porqué siempre yo, eh? ¿Después de todo qué? ¿Qué soy, el hijo acaso? ¿Siempre tengo que ser el único estúpido? No señor. Así que a llorar a la gruta. Ma sí. Yo me hago el que leo el diario y listo. ¡Uy.... mirá vos qué interesante, qué esclarecedor, lo que dijo Silvia Süller! ¡Y qué inteligente el hermanito! A ver... vientos del este... desmejorando por la tarde... posibilidad de chubascos y chaparrones... ¡Dios mío, la vieja podrida viene para acá! Directo a mí, como siempre. ¡Derechito! ¡¿Pero qué tengo yo que siempre, SIEMPRE, se me pegan las viejas y las embarazadas?! Y las viejas embarazadas. Y ya la tengo acá, firme como un granadero. Pero no me tengo que dejar presionar. Tengo que pensar en otra cosa. En las cosas que tengo que hacer después, por ejemplo. Porque yo tengo muchas cosa importantes que hacer hoy. Muchas. Sí, sí, muchas, pero ya me puse nervioso y no se me ocurre ninguna mecachoendié. ¡Ay, Dios mío: ¿porqué esta tortura?! Tendría que haber bondis para jovatos. Bondis geriátricos, como si dijéramos. Y todos felices. Ahí los viejos podrían viajar de lo más contentos todos juntos. Y mientras viajan podrían charlar de las jubilaciones, de los remedios, del lumbago y de todas esas cosas que tanto les gusta. Mirá que lindo. Y también bondis para embarazadas. Eso. Y para rengos. Ah, pero eso sí, eh, ¡eso sí! tendrían prohibido... ¿qué digo prohibido? ¡recontraprohibido! subir a hinchar las pelotas a los colectivos normales. Y si suben viajan paraditos como todo el mundo, mis queridos. Nada de venir cansado del laburo y justo que conseguís un asiento se sube uno de estos hinchapelotas a joderte el viaje. Que además ni gracias te dicen. Directamente se sientan y se ponen a mirar por la ventanilla con cara de ojete, encima. Igual que cuando le cedés el asiento a una de esas que sube con el crío en brazos. No solo no te dan las gracias sino que encima te miran como reprochándote que no se lo diste antes. Además de que uno las ve que están en la parada del colectivo con el chico jugando por ahí y recién lo alzan y ponen cara de cansancio cuando se suben al bondi (sin contar con las que llevan en brazos a unos grandotes que ya podrían llevarlas ellos alzadas a las madres). Dios mío, la vieja que me clava la mirada y ya estoy transpirando como un buey. Y no solamente la vieja. ¡¡Todos me miran como diciendo dejate de hacerte el idiota y cedele el asiento a la viejita!! ¿Porqué no se lo ceden ustedes ya que son tan buenos? ¡¿Porqué no habrá algún boy scout sentadito siempre listo para la buena acción del día?! ¡Y el resto de los pasajeros que me mira me mira y me mira! Ah, porque no son solamente los viejos, eh. Noooooo. También están los otros. Los cómplices. Esos otros hijos de puta que viajan en el bondi y ni bien se te para al lado uno de estos viejos torturadores o una embarazada te empiezan a mirar como si fueras un criminal. Como me miran ahora todos. ¿Porqué no se ponen a leer o a dormir o a mirar por la ventanilla y me dejan vivir en paz? ¡Ah, pero ellos siguen muy sentaditos, eh! Y los que más me revientan son los otros, los peores: los que viajan parados. Resentidos de la felicidad ajena que les encanta que suba un viejo para enseguida gritarte bien fuerte: «Usted, maleducado, ¿no ve a la abuela? ¡Cédale el asiento quiere?!» Siempre dicen «la abuela». Basuras. Eso sí, los muy hipócritas ni bien consiguen un asiento se cambian de bando y no los despegás ni que se suba una vieja atropellada por un tren. Enseguida se hacen los dormidos y si te he visto no me acuerdo. Salvo que la vieja en cuestión sea una gitana. Nadie les cede el asiento a las gitanas ni parece que nadie esperara que uno lo hiciera. Es más, una vez le di el asiento a una y los demás me miraban como si estuviera loco. ¿La razón? Misterio. Como es un misterio dónde carajo compran las gitanas esos vestidos espantosos. Ah, pero los peores, los peores los peores, son esos matrimonios hijos de puta que suben en plan Comando. Son parejas con un bebé o con la mina bien embarazada. Y suben al bondi como si no se conocieran, por separado y ella cargando al vástago. Entonces, ponele que hay un solo lugar libre y el tipo va y se sienta lo más pancho. Vos, que no sabés que vienen juntos y que están aprovechándose de tu buena fe, le cedés el asiento a la mina y resulta que toda la familia viaja muy sentadita y el único imbécil que viaja parado sos vos. También hay una subversión de estos que son la misma mierda: suben juntos y no quedan asientos. Vos, educado, le cedés el asiento a ella. Y en eso se desocupa un asiento y el tipo, en lugar de decirte que te sentés vos (que le acabás de ceder tu asiento a su esposa) se sienta muy tranquilo y te deja parado. Encima el albóndiga (el chofer del bondi) maneja en plan bestia y la vieja que aprovecha para tirárseme encima. Deben tener una clave las viejas y los colectiveros (como los enanos y los negros, que sin decir nada se reconocen entre ellos); no sé, algún guiño o algo así, como los masones, para que ni bien sube una de estas jovatas hincha pelotas los malditos entran a manejar como marineros borrachos para obligar a la muchachada a darles el asiento. ¡Y esta vieja que sigue ahí, prendida como una garrapata! Lo mismo que los colectiveros, que te gritan a ver si le cedés el asiento a la doña, a ver si le cedés! ¡Qué fácil es hacerse los virtuosos, los caballeros andantes, cuando ellos, que yo sepa, minga de ceder el asiento! ¡¡¡¿Pero hasta dónde vieja esta vieja?!!! ¡Ya di vuelta todas las páginas del diario cuarenta veces! Y la vieja que no floja y aprovecha cada bache para tirárseme encima e incrustarme la bolsa de las compras en el brazo. Encima a mí leer en el bondi me marea y me dan ganas de vomitar y esto es una tortura. Vieja hija de puta. Encima no sé qué porquería lleva en la bolsa que tiene ese olor inmundo. Debe ser alguna inmundicia que lleva siempre a propósito para joder a los que viajamos sentados. Debe hacer años que la tiene ahí en la bolsa. Algún vómito viejo por ejemplo. O algún pañal cagado hace años. Ma sí, yo me hago el que miro por la ventanilla. Y no solo la bolsa: ¡la vieja huele como si no se hubiera lavado el culo nunca en la vida! Ya se me está acalambrando el cuello así, firme mirando para la vereda de enfrente. Tres por una tres, tres por dos seis. Tres por tres nueve. Concentrate, campeón, no cedas a la tentación de mirar para arriba. El enemigo sabe eso, cuenta con que no aguantes y la mires. Y ya se sabe, si se hace contacto visual cagaste, pero cagaste la fruta. A ver, pensemos un número cualquiera. Nueve. Ahora a ver cuando aparece el primer auto con patente terminada en nueve. ¡¿Ni un auto aparece?! ¿Qué, están todos en mi contra? ¿Cuentan los colectivos y camiones? ¿Porqué será que todos los colectiveros llevan en el parabrisas esos corazoncitos de espejitos con los nombres Oscar uno y Rubén el otro? Uno enseguida piensa que son los hijos. Pero quién no te dice que sean los novios. Los que se lo empoman. Ahí mismo, entre la palanca de cambios y la maquinita de las monedas. El Monedómetro de Anteojito. ¡Que hijo de puta, qué viejo de mierda soy! Y a mí me va a dar un ataque y no aguanto y no aguanto y ¡¡¡la puta madre ¿no llega nunca este colectivo?! Lo único que le pido a Dios es que encima no suba uno de esos pelotudos disfrazados de payasitos porque me levanto y lo emboco. O peor todavía, esos insufribles ex combatientes de las Malvinas que te tratan como si uno tuviera la culpa de algo. Ay no. No. ¡NO! ¡Subió otra vieja amiga de mi vieja! Y ya empezó a decir a los gritos ¡Ay, doña Luisa! ¡¿No me diga que viene parada desde su casa?! ¡¿Cómo es que nadie le cedió el asiento?! Parece mentira, una señora mayor...
No aguanto más. Me rindo:
__ Siéntese, abuela. No la había visto.
Cuento 2: EL DÍA EN QUE AL FIN EL COYOTE SE COMIÓ AL ESTÚPIDO CORRECAMINOS
«EL DÍA EN QUE SILVESTRE Y EL COYOTE SE COMEN DE UNA VEZ POR TODAS A ESOS DOS INSUFRIBLES DE TWEETY Y EL CORRECAMINOS»
¡Maldición, piensas, ya estás despierto. Y sabes que por mas que intentes volver a ese estado de irrealidad de los últimos minutos de sueño que tanto disfrutas (esa especie de limbo en el que si bien ya estás casi despierto tampoco lo estás del todo) no lo lograrás. Acabas de despertar y sin embargo, como todos los días en realidad, te sientes cansado. Te arden los ojos y te duele la espalda. Escuchas desde la cocina el sonido de los videos. Son las ocho de la mañana y los chicos ya están viendo esos videos de mierda. Y siempre los mismos, además. «Dios, piensas, ¿Cuando llegará el día en que Silvestre y el Coyote se coman de una vez por todas a esos dos insufribles de Tweety y el Correcaminos?» Encima tu mujer. Sabes que antes de ir a trabajar deberás complacerla. Es de las que les gustan los mañaneros. Es inútil que lo postergues. Debes levantarte. Otro día. «lt's show time, folk». Llegas a la cocina y para no amargarte observando ese cuadro patético que debes llamar «tu familia» te detienes un minuto a mirar los dibujos animados. Entonces sucede: ahí está ese insoportable canario aprovechándose de que el enorme y estúpido bulldog lo defenderá del pobre Silvestre cuando, inesperadamente, un camión de la perrera, de esos con cámara de gas, atrapa al perro chupamedias de la vieja esa y hace lo que debió hacer tanto tiempo atrás. Tweety, Silvestre, tus hijos, la vaca de tu esposa y tú quedan absortos. Por suerte para la Humanidad, Silvestre es el primero en recuperarse y, sin vacilar, se engulle al canario de mierda y sonríe a la cámara cuando comienza la musiquita aquella y el dibujo termina, por fin, con final feliz. Mientras tu mujer protesta por ese final te diriges al baño a lavarte y a contemplar como todos los días cómo te estás quedando pelado coma un imbécil -- palabras de tu esposa --. Sin embargo no. O estás mas dormido que de costumbre o no has perdido tanto cabello como creías. Eso te levanta un poco el ánimo. Te vistes y vuelves a la cocina a prepararte el desayuno, ya que tu mujer no te lo servirá por estar hipnotizada con los dibujos animados. Otra sorpresa: tu desayuno está servido. Y caliente. Y rico, además. Giras en torno buscando la cámara oculta ya que esa yegua es capaz de cualquier cosa con tal de hacerse de esos mil dólares, pero no encuentras nada sospechoso. Vacilas y te sientas a desayunar con cierta timidez, te sientes como fuera de lugar. Nadie habla. Todos los ojos están fijos y concentrados en la pantalla, lo cual en tu caso puede ser una forma de empezar bien el día. De manera que tú también te dedicas a ver como el pobre coyote es tomado por idiota por ese pajarraco cruel. Y vuelve a suceder: por una vez esa pésima firma ACME que no hizo mas que estafar al pobre coyotito vendiéndole artilugios que jamás funcionaron, por una vez el coyote adquiere un par de esos cohetes para atarse a la espalda y volando alcanzar al correcaminos y... ¡Funcionan! ¡Sí! ¡Y no sólo eso: lo atrapa, lo ata a esos spiedos hechos con ramitas que siempre usan en los dibujitos y.. se lo come! Demasiada felicidad para ser cierto. Tu mujer, por supuesto, protesta, pero tú agarras tu attaché y partes rumbo a la oficina, no sin dejar de advertir que hubo otro cambio maravilloso en aquella mañana: pudiste escapar de tu casa sin caer en las garras de la gorda de tu esposa que cada mañana te arrastra hasta la cama como una araña llevando su presa hasta el centro de su tela. Silbando alegremente camino a la estación te paras frente a una vidriera de esas en las que exhiben un montón de televisores encendidos y, demasiado hermoso para ser cierto, vez como a ese agrandadito de McGyver por fin todo le sale mal y es burlado por todos. Lo habían encerrado en una heladera con una muchacha hermosa, entonces McGyver empezó a relatar las proezas con las que deslumbraría a todos:
«Como todos saben - se oía la voz pedante de McGyver dando cátedra» si atamos una pata de pollo a un ramito de perejil con el alambrecito del pan lacteado y eso lo untamos con mostaza de tipo americano, tendremos una pequeña bomba casera con la que podremos hacer saltar la cerradura de la heIadera». La joven pone cara de «es mi héroe». Sin embargo y para tu regocijo aquella porquería no sólo no explota nada sino que, además, le mancha el vestidito a la joven que se pone como una araña. Sin contar con que quién va a comerse semejante porquería. Finalmente Pit abre la puerta desde afuera, como corresponde, lo despide a McGyver sin indemnizarlo ni nada por esconderse a comer en la heladera fuera de la hora del almuerzo y, como si esto fuera poco, se lleva a la chica además. ¡Bravo, Pit! Y, como si todo esto no alcanzara, justo llega el tren. Y con asientos libres, además. Sonríes y te dices que la vida es linda, que la felicidad está a la vuelta de la esquina y que una gruesa son doce docenas. Mientras viajas con el enorme diario desplegado delante de tus ojos no sabes porqué te resulta imposible concentrarte en lo que lees. Mentira. Sí que lo sabes. Estas pensando en la señorita Glamour. Mejor dicho: estas especulando con ella (a pesar de que jamás te dirigió un saludo). Piensas: si todo en aquel día se sigue dando de aquella forma maravillosa, probablemente llegó el momento en que esa muñeca y su lindo culito reparen en ti. Sonríes y te ajustas el nudo de la corbata que, insólitamente, hoy te salió bien. Incluso, piensas, si aquella belleza es capaz de percibir el autoestima que hoy emanas - y lo bien que te anudaste la corbata - quizás hasta te ruegue que la hagas suya. Es mas, hasta es probable que te proponga casamiento. El tren llega a la terminal con semejante exactitud que el pánico se ve reflejado en los rostros de los desconcertados pasajeros. Detienes un taxi y mientras el conductor se desliza con suavidad y prudencia entre el insólitamente descongestionado tránsito para aquella
hora de la mañana te mira a través del espejo retrovisor y te pregunta amablemente: __ ¿Le gustan los anteojos Rayban para sol con armazón de oro?
__ Claro -- respondes, desconcertado --
__ Le pregunto porque recién se olvidaron éstos y a mí no me gustan. ¿Los quiere?
Traspones el umbral de la puerta de la empresa donde trabajas sabiendo que no es el Giovanni de siempre quien acaba de ingresar. Es el nuevo «Señor G¡ovanni». Un hombre seguro de sí mismo, alguien acostumbrado a mandar y a ser obedecido, un triunfador. Para ellos: alguien a quien obedecer. Para ellas: un hombre peligroso. LLevas el saco abrochado cruzado, los anteojos oscuros refulgiendo encandilantes y una pipa que alguien te ha puesto en la boca carga de personalidad tu arrolladora presencia. Inmediatamente se te acerca el idiota que ocupa uno de los dos escritorios contiguos al tuyo solicitándote información urgente que requieren de arriba. «¿Donde está la señorita Glamour?», le escupes por toda respuesta, y el tono de tu voz deja bien a las claras que no estás dispuesto a tolerar tonterías. «¿La.. la señorita.. .Gla...?» - balbucea aquel infeliz y sientes que tu paciencia tiene un límite- «¡La señorita Glamour, imbécil! ¿Donde está?» Le gritas, tomándolo por las solapas.
__ Aquí estoy, señor Giovanni -- se escucha a tus espaldas la inconfundible y sensual voz de la señonta Glamour. Giras en torno en sentido anti horario para que ella vea primero tu lado bueno (el izquierdo), enarcas tu ceja derecha, practicas tu mejor sonrisa a lo Telly Savalas y la observas. Aquella hembra es algo formidable. Todo culo, piernas, telas y pelo. En eso irrumpe, estremecedora, la música de «Lo que el viento se llevó». Ella te mira fijamente. Tú la miras fijamente. Ella te mira fijamente. Tú la... Bueno, se miran. Entonces, ante la sorpresa de todos, la señorita Glamour, sin quitarte sus ojos violeta de encima, se acerca felinamente a ti, te toma el rostro con ambas manos y te implora:
__ ¡Ay, señor Giovanni, por favor hágame suya! -- Es entonces que un movimiento a tu lado hace que le desesperes. Como un maníaco comienzas a arrancarle aquel vestido y la empujas de espaldas sobre un escritorio sin siquiera cerrar la puerta que anuncia «Pago de Honorarios».
__¡ Pero... señor Giovanni! ¿Aquí? ¿Frente a todos? -- Pero tú nada escuchas. Destrozas su vestido y su ropa interior sin prestar atención a nada que no sea lograr tu propósito antes de que sea demasiado tarde. Para ganar tiempo con la mano izquierda te desabrochas el pantalón y así, con los anteojos oscuros puestos intentas poseer a aquella Diosa, cuando una mano Kingkonesca te toma con firmeza por el hombro y te zamarrea sin piedad: «¡Arriba, imbécil! ¡Otra vez te quedaste dormido! ¡Y apuráte que te tenés que calentar el desayuno! Yo no pude, estuve mirando los dibujitos con los chicos. ¡Ah, y otra cosa! No te vistas que antes de irte quiero que me atiendas! Buscas desesperadamente a la señorita Glamour pero ella y tus compañeros de trabajo se han esfumado. En cambio ves a tu gorda esposa que yace a tu lado como un paquidermo en camisón. Desolado, te levantas. Al pasar por la cocina te detienes un minuto a mirar los dibujos animados que tu familia observa hipnotizada. Entonces sucede: Silvestre se engulle al canario de mierda ése y te sonríe.
¡Maldición, piensas, ya estás despierto. Y sabes que por mas que intentes volver a ese estado de irrealidad de los últimos minutos de sueño que tanto disfrutas (esa especie de limbo en el que si bien ya estás casi despierto tampoco lo estás del todo) no lo lograrás. Acabas de despertar y sin embargo, como todos los días en realidad, te sientes cansado. Te arden los ojos y te duele la espalda. Escuchas desde la cocina el sonido de los videos. Son las ocho de la mañana y los chicos ya están viendo esos videos de mierda. Y siempre los mismos, además. «Dios, piensas, ¿Cuando llegará el día en que Silvestre y el Coyote se coman de una vez por todas a esos dos insufribles de Tweety y el Correcaminos?» Encima tu mujer. Sabes que antes de ir a trabajar deberás complacerla. Es de las que les gustan los mañaneros. Es inútil que lo postergues. Debes levantarte. Otro día. «lt's show time, folk». Llegas a la cocina y para no amargarte observando ese cuadro patético que debes llamar «tu familia» te detienes un minuto a mirar los dibujos animados. Entonces sucede: ahí está ese insoportable canario aprovechándose de que el enorme y estúpido bulldog lo defenderá del pobre Silvestre cuando, inesperadamente, un camión de la perrera, de esos con cámara de gas, atrapa al perro chupamedias de la vieja esa y hace lo que debió hacer tanto tiempo atrás. Tweety, Silvestre, tus hijos, la vaca de tu esposa y tú quedan absortos. Por suerte para la Humanidad, Silvestre es el primero en recuperarse y, sin vacilar, se engulle al canario de mierda y sonríe a la cámara cuando comienza la musiquita aquella y el dibujo termina, por fin, con final feliz. Mientras tu mujer protesta por ese final te diriges al baño a lavarte y a contemplar como todos los días cómo te estás quedando pelado coma un imbécil -- palabras de tu esposa --. Sin embargo no. O estás mas dormido que de costumbre o no has perdido tanto cabello como creías. Eso te levanta un poco el ánimo. Te vistes y vuelves a la cocina a prepararte el desayuno, ya que tu mujer no te lo servirá por estar hipnotizada con los dibujos animados. Otra sorpresa: tu desayuno está servido. Y caliente. Y rico, además. Giras en torno buscando la cámara oculta ya que esa yegua es capaz de cualquier cosa con tal de hacerse de esos mil dólares, pero no encuentras nada sospechoso. Vacilas y te sientas a desayunar con cierta timidez, te sientes como fuera de lugar. Nadie habla. Todos los ojos están fijos y concentrados en la pantalla, lo cual en tu caso puede ser una forma de empezar bien el día. De manera que tú también te dedicas a ver como el pobre coyote es tomado por idiota por ese pajarraco cruel. Y vuelve a suceder: por una vez esa pésima firma ACME que no hizo mas que estafar al pobre coyotito vendiéndole artilugios que jamás funcionaron, por una vez el coyote adquiere un par de esos cohetes para atarse a la espalda y volando alcanzar al correcaminos y... ¡Funcionan! ¡Sí! ¡Y no sólo eso: lo atrapa, lo ata a esos spiedos hechos con ramitas que siempre usan en los dibujitos y.. se lo come! Demasiada felicidad para ser cierto. Tu mujer, por supuesto, protesta, pero tú agarras tu attaché y partes rumbo a la oficina, no sin dejar de advertir que hubo otro cambio maravilloso en aquella mañana: pudiste escapar de tu casa sin caer en las garras de la gorda de tu esposa que cada mañana te arrastra hasta la cama como una araña llevando su presa hasta el centro de su tela. Silbando alegremente camino a la estación te paras frente a una vidriera de esas en las que exhiben un montón de televisores encendidos y, demasiado hermoso para ser cierto, vez como a ese agrandadito de McGyver por fin todo le sale mal y es burlado por todos. Lo habían encerrado en una heladera con una muchacha hermosa, entonces McGyver empezó a relatar las proezas con las que deslumbraría a todos:
«Como todos saben - se oía la voz pedante de McGyver dando cátedra» si atamos una pata de pollo a un ramito de perejil con el alambrecito del pan lacteado y eso lo untamos con mostaza de tipo americano, tendremos una pequeña bomba casera con la que podremos hacer saltar la cerradura de la heIadera». La joven pone cara de «es mi héroe». Sin embargo y para tu regocijo aquella porquería no sólo no explota nada sino que, además, le mancha el vestidito a la joven que se pone como una araña. Sin contar con que quién va a comerse semejante porquería. Finalmente Pit abre la puerta desde afuera, como corresponde, lo despide a McGyver sin indemnizarlo ni nada por esconderse a comer en la heladera fuera de la hora del almuerzo y, como si esto fuera poco, se lleva a la chica además. ¡Bravo, Pit! Y, como si todo esto no alcanzara, justo llega el tren. Y con asientos libres, además. Sonríes y te dices que la vida es linda, que la felicidad está a la vuelta de la esquina y que una gruesa son doce docenas. Mientras viajas con el enorme diario desplegado delante de tus ojos no sabes porqué te resulta imposible concentrarte en lo que lees. Mentira. Sí que lo sabes. Estas pensando en la señorita Glamour. Mejor dicho: estas especulando con ella (a pesar de que jamás te dirigió un saludo). Piensas: si todo en aquel día se sigue dando de aquella forma maravillosa, probablemente llegó el momento en que esa muñeca y su lindo culito reparen en ti. Sonríes y te ajustas el nudo de la corbata que, insólitamente, hoy te salió bien. Incluso, piensas, si aquella belleza es capaz de percibir el autoestima que hoy emanas - y lo bien que te anudaste la corbata - quizás hasta te ruegue que la hagas suya. Es mas, hasta es probable que te proponga casamiento. El tren llega a la terminal con semejante exactitud que el pánico se ve reflejado en los rostros de los desconcertados pasajeros. Detienes un taxi y mientras el conductor se desliza con suavidad y prudencia entre el insólitamente descongestionado tránsito para aquella
hora de la mañana te mira a través del espejo retrovisor y te pregunta amablemente: __ ¿Le gustan los anteojos Rayban para sol con armazón de oro?
__ Claro -- respondes, desconcertado --
__ Le pregunto porque recién se olvidaron éstos y a mí no me gustan. ¿Los quiere?
Traspones el umbral de la puerta de la empresa donde trabajas sabiendo que no es el Giovanni de siempre quien acaba de ingresar. Es el nuevo «Señor G¡ovanni». Un hombre seguro de sí mismo, alguien acostumbrado a mandar y a ser obedecido, un triunfador. Para ellos: alguien a quien obedecer. Para ellas: un hombre peligroso. LLevas el saco abrochado cruzado, los anteojos oscuros refulgiendo encandilantes y una pipa que alguien te ha puesto en la boca carga de personalidad tu arrolladora presencia. Inmediatamente se te acerca el idiota que ocupa uno de los dos escritorios contiguos al tuyo solicitándote información urgente que requieren de arriba. «¿Donde está la señorita Glamour?», le escupes por toda respuesta, y el tono de tu voz deja bien a las claras que no estás dispuesto a tolerar tonterías. «¿La.. la señorita.. .Gla...?» - balbucea aquel infeliz y sientes que tu paciencia tiene un límite- «¡La señorita Glamour, imbécil! ¿Donde está?» Le gritas, tomándolo por las solapas.
__ Aquí estoy, señor Giovanni -- se escucha a tus espaldas la inconfundible y sensual voz de la señonta Glamour. Giras en torno en sentido anti horario para que ella vea primero tu lado bueno (el izquierdo), enarcas tu ceja derecha, practicas tu mejor sonrisa a lo Telly Savalas y la observas. Aquella hembra es algo formidable. Todo culo, piernas, telas y pelo. En eso irrumpe, estremecedora, la música de «Lo que el viento se llevó». Ella te mira fijamente. Tú la miras fijamente. Ella te mira fijamente. Tú la... Bueno, se miran. Entonces, ante la sorpresa de todos, la señorita Glamour, sin quitarte sus ojos violeta de encima, se acerca felinamente a ti, te toma el rostro con ambas manos y te implora:
__ ¡Ay, señor Giovanni, por favor hágame suya! -- Es entonces que un movimiento a tu lado hace que le desesperes. Como un maníaco comienzas a arrancarle aquel vestido y la empujas de espaldas sobre un escritorio sin siquiera cerrar la puerta que anuncia «Pago de Honorarios».
__¡ Pero... señor Giovanni! ¿Aquí? ¿Frente a todos? -- Pero tú nada escuchas. Destrozas su vestido y su ropa interior sin prestar atención a nada que no sea lograr tu propósito antes de que sea demasiado tarde. Para ganar tiempo con la mano izquierda te desabrochas el pantalón y así, con los anteojos oscuros puestos intentas poseer a aquella Diosa, cuando una mano Kingkonesca te toma con firmeza por el hombro y te zamarrea sin piedad: «¡Arriba, imbécil! ¡Otra vez te quedaste dormido! ¡Y apuráte que te tenés que calentar el desayuno! Yo no pude, estuve mirando los dibujitos con los chicos. ¡Ah, y otra cosa! No te vistas que antes de irte quiero que me atiendas! Buscas desesperadamente a la señorita Glamour pero ella y tus compañeros de trabajo se han esfumado. En cambio ves a tu gorda esposa que yace a tu lado como un paquidermo en camisón. Desolado, te levantas. Al pasar por la cocina te detienes un minuto a mirar los dibujos animados que tu familia observa hipnotizada. Entonces sucede: Silvestre se engulle al canario de mierda ése y te sonríe.
Cuento 3: ASESINAR NO DA IMPRESIÓN Y ES DE LO MÁS SENCILLO
LE ASEGURO QUE ASESINAR NO DA IMPRESIÓN
Y ES DE LO MAS SENCILLO
GUILLERMO SOUBELET
Fíjese qué notable que, contra toda lógica, y a pesar de lo que uno hubiera imaginado, cuando la apuñalé no me impresioné ni sentí ningún tipo de aprensión. Nada. Y eso que yo soy de esas personas incapaces de matar un pajarito de un hondazo. No, no se ría, no es porque no tenga puntería. Le hablo en serio. Sin embargo, ahí tiene. Lo que sí (y esto lo recuerdo muy bien porque dígame si no es absurdo) estaba muy preocupado porque no se me manchara la ropa con sangre. Y no, como sería lógico pensar, porque temiera que dichas manchas pudieran llegar a incriminarme. No. No quería ensuciarme la ropita. Nada más. Fíjese, en un momento como ese. De todos modos le cuento que mi preocupación era innecesaria, ya que no fue como en las películas que están media hora para morirse y salpican de sangre hasta a los camarógrafos. Fíjese que no. Primero se enderezó así. ¡Tuc! Muy rápido. Y me miró con la mirada esa. E inmediatamente se dobló en dos. Así, como cuando un mimo imita a alguien que se ríe, o como cuando nos atamos los cordones de las zapatillas. Pero muy rápidos los dos movimientos, eh. ¡Tuc! ¡Tuc! Y cayó. Y como le digo, no manaba sangre. ¿Un cafecito? ¿Azúcar o edulcorante? Hizo, eso sí, como unos sacudones. Así, ¿ve? Y después nada. Le aseguro que en un momento dudé que en realidad estuviera muerta. Piense: ni un grito, ningún tipo de agonía, nada de sangre... Así que a pesar de que el mango de la cuchilla le sobresalía por la mitad de la espalda, la di vuelta así con el pie. Viera qué expresión de sorpresa tenía la pobre. Entre paréntesis, algo que me llamó la atención fue la facilidad con que la hoja de la cuchilla entró en el cuerpo. ¡Flop! Como en queso mantecoso. Bueno, le decía que yo, como si nada. Habría que ver qué opina un psicólogo de esto, ¿no? Aunque le aclaro que tengo mis reservas con los psicólogos. Fíjese que uno, yo por ejemplo, vive un hecho de ésta índole y puede soportarlo sin dificultad; y vienen estos tipos con que uno debe asumir su culpa y resulta que después de la terapia uno estará más «sano», pero lleno de culpas; cuando antes de visitar al psicólogo vivía muy feliz y contento. Como el paciente que le dice al psicólogo: «Doctor, no me cure la locura que es lo único que tengo». ¿Un cognac? ¿Sí? Claro que, entre nosotros, no tenía porqué sentirme culpable de nada. ¡Si fue ella quien me obligó a hacerlo con ese horrible cambio de personalidad que tuvo a partir de la muerte del padre! Y eso usted lo sabe mejor que yo. Incluso, recuerde, me lo ha comentado en el club. ¿Recuerda? ¡Ni bien murió el viejo y mi esposa heredó le agarró como un ataque de incoherencia y empezó a gastar y gastar y gastar! ¡Inconcebible! ¡Y el sexo! ¡El sexo! Yo no sé, no entiendo la psicología femenina. La psicología femenina en general y la de mi mujer en particular. Tome otro cognac. No sé si ella, con la muerte del viejo (que, entre nosotros, era una basura) se sintió liberada o qué. No sé. Pero, francamente... Usted la conoció. ¡Era flor de bagayo! No, no. No se sienta incómodo. Eso es un hecho. ¿Se cree que no tengo ojos? Incluso le digo que eso, el hecho de que fuera tan sapo me trajo más de un dolor de cabeza. Y no me refiero al sexo. Porque, en realidad, antes de la muerte del viejo poco y nada. Pero claro, ella, hija de uno de los tipos más ricos del país se casa conmigo, que siempre fui un mujeriego, que siempre estuve rodeado de mujeres hermosas. Todo el mundo vio con desconfianza aquello. ¿Cómo? ¿Yo, con las hermosas señoritas que alternaba me enamoraba de semejante ornitorrinco? Todo el mundo supuso, y con razón por supuesto, que me casaba con ella sólo por interés en la fortuna que heredaría tras la muerte de su padre. Pero, póngase en mi lugar: usted se casa con el cocodrilo, aguanta impertérrito los desplantes del viejo. No importa, se dice, estoy invirtiendo. Estoy sembrando. Un día el viejo pasa a mejor vida. Aleluya, piensa usted. Papá Noel leyó mi carta y ahora yo pasaré a mejor vida. Se acerca el momento en que la fortuna será mía. Para eso estuvo invirtiendo durante años. ¿Y qué pasa? ¡¿Qué pasa?! ¡Pasa que su mujer empieza a dilapidar su fortuna a manos llenas! ¡Su fortuna! ¡La fortuna de usted, quiero decir! ¡Y encima quiere sexo mañana, tarde y noche! ¡Mañana, tarde y noche! ¡Mañana, tarde y noche! Mire, usted me conoce y sabe que soy un hombre de bien. Un hombre de principios. Un tipo serio. Le aseguro que lo del sexo podría haberlo tolerado. Pero lo otro no. Un caballero debe estar dispuesto a tolerar lo tolerable. Nada más. Y sin embargo... sin embargo fíjese, ¿cómo le explico? ¿Vio cuando debemos sacrificar un caballo? Hay que hacerlo y se hace. No se vacila. Sin embargo a uno le queda un sabor amargo en la boca. A usted mismo le pasó con aquél petiso de polo que se le mancó, ¿recuerda? Bueno, fíjese que ahora estoy, no le digo arrepentido porque le mentiría; pero sí... como angustiado. Angustiado, sí. ¿Entiende a qué me refiero? ¡Claro que me entiende, amigo mío! ¿Somos gente sensible o no somos gente sensible? Por ejemplo yo: fíjese que ésta mañana me desperté con ganas de conversar de este asunto. No sé, de sincerarme. Entonces inmediatamente pensé en usted, que es tan buen contertulio, tan paciente. Sírvase otro cognac. Pero claro, figúrese lo peligroso que es para mí que usted sepa todo lo que le acabo de confesar. Sin embargo era tan angustiante, tan imperiosa la necesidad de, ¿cómo le digo?, de sacar afuera todo esto que, ya ve, cedí. Por eso le digo, y que fíjese qué ironía: mi mujer, con su impaciencia, me obligó a acuchillarla; y usted, con su paciencia, me obligó a envenenarle el cognac.
Y ES DE LO MAS SENCILLO
GUILLERMO SOUBELET
Fíjese qué notable que, contra toda lógica, y a pesar de lo que uno hubiera imaginado, cuando la apuñalé no me impresioné ni sentí ningún tipo de aprensión. Nada. Y eso que yo soy de esas personas incapaces de matar un pajarito de un hondazo. No, no se ría, no es porque no tenga puntería. Le hablo en serio. Sin embargo, ahí tiene. Lo que sí (y esto lo recuerdo muy bien porque dígame si no es absurdo) estaba muy preocupado porque no se me manchara la ropa con sangre. Y no, como sería lógico pensar, porque temiera que dichas manchas pudieran llegar a incriminarme. No. No quería ensuciarme la ropita. Nada más. Fíjese, en un momento como ese. De todos modos le cuento que mi preocupación era innecesaria, ya que no fue como en las películas que están media hora para morirse y salpican de sangre hasta a los camarógrafos. Fíjese que no. Primero se enderezó así. ¡Tuc! Muy rápido. Y me miró con la mirada esa. E inmediatamente se dobló en dos. Así, como cuando un mimo imita a alguien que se ríe, o como cuando nos atamos los cordones de las zapatillas. Pero muy rápidos los dos movimientos, eh. ¡Tuc! ¡Tuc! Y cayó. Y como le digo, no manaba sangre. ¿Un cafecito? ¿Azúcar o edulcorante? Hizo, eso sí, como unos sacudones. Así, ¿ve? Y después nada. Le aseguro que en un momento dudé que en realidad estuviera muerta. Piense: ni un grito, ningún tipo de agonía, nada de sangre... Así que a pesar de que el mango de la cuchilla le sobresalía por la mitad de la espalda, la di vuelta así con el pie. Viera qué expresión de sorpresa tenía la pobre. Entre paréntesis, algo que me llamó la atención fue la facilidad con que la hoja de la cuchilla entró en el cuerpo. ¡Flop! Como en queso mantecoso. Bueno, le decía que yo, como si nada. Habría que ver qué opina un psicólogo de esto, ¿no? Aunque le aclaro que tengo mis reservas con los psicólogos. Fíjese que uno, yo por ejemplo, vive un hecho de ésta índole y puede soportarlo sin dificultad; y vienen estos tipos con que uno debe asumir su culpa y resulta que después de la terapia uno estará más «sano», pero lleno de culpas; cuando antes de visitar al psicólogo vivía muy feliz y contento. Como el paciente que le dice al psicólogo: «Doctor, no me cure la locura que es lo único que tengo». ¿Un cognac? ¿Sí? Claro que, entre nosotros, no tenía porqué sentirme culpable de nada. ¡Si fue ella quien me obligó a hacerlo con ese horrible cambio de personalidad que tuvo a partir de la muerte del padre! Y eso usted lo sabe mejor que yo. Incluso, recuerde, me lo ha comentado en el club. ¿Recuerda? ¡Ni bien murió el viejo y mi esposa heredó le agarró como un ataque de incoherencia y empezó a gastar y gastar y gastar! ¡Inconcebible! ¡Y el sexo! ¡El sexo! Yo no sé, no entiendo la psicología femenina. La psicología femenina en general y la de mi mujer en particular. Tome otro cognac. No sé si ella, con la muerte del viejo (que, entre nosotros, era una basura) se sintió liberada o qué. No sé. Pero, francamente... Usted la conoció. ¡Era flor de bagayo! No, no. No se sienta incómodo. Eso es un hecho. ¿Se cree que no tengo ojos? Incluso le digo que eso, el hecho de que fuera tan sapo me trajo más de un dolor de cabeza. Y no me refiero al sexo. Porque, en realidad, antes de la muerte del viejo poco y nada. Pero claro, ella, hija de uno de los tipos más ricos del país se casa conmigo, que siempre fui un mujeriego, que siempre estuve rodeado de mujeres hermosas. Todo el mundo vio con desconfianza aquello. ¿Cómo? ¿Yo, con las hermosas señoritas que alternaba me enamoraba de semejante ornitorrinco? Todo el mundo supuso, y con razón por supuesto, que me casaba con ella sólo por interés en la fortuna que heredaría tras la muerte de su padre. Pero, póngase en mi lugar: usted se casa con el cocodrilo, aguanta impertérrito los desplantes del viejo. No importa, se dice, estoy invirtiendo. Estoy sembrando. Un día el viejo pasa a mejor vida. Aleluya, piensa usted. Papá Noel leyó mi carta y ahora yo pasaré a mejor vida. Se acerca el momento en que la fortuna será mía. Para eso estuvo invirtiendo durante años. ¿Y qué pasa? ¡¿Qué pasa?! ¡Pasa que su mujer empieza a dilapidar su fortuna a manos llenas! ¡Su fortuna! ¡La fortuna de usted, quiero decir! ¡Y encima quiere sexo mañana, tarde y noche! ¡Mañana, tarde y noche! ¡Mañana, tarde y noche! Mire, usted me conoce y sabe que soy un hombre de bien. Un hombre de principios. Un tipo serio. Le aseguro que lo del sexo podría haberlo tolerado. Pero lo otro no. Un caballero debe estar dispuesto a tolerar lo tolerable. Nada más. Y sin embargo... sin embargo fíjese, ¿cómo le explico? ¿Vio cuando debemos sacrificar un caballo? Hay que hacerlo y se hace. No se vacila. Sin embargo a uno le queda un sabor amargo en la boca. A usted mismo le pasó con aquél petiso de polo que se le mancó, ¿recuerda? Bueno, fíjese que ahora estoy, no le digo arrepentido porque le mentiría; pero sí... como angustiado. Angustiado, sí. ¿Entiende a qué me refiero? ¡Claro que me entiende, amigo mío! ¿Somos gente sensible o no somos gente sensible? Por ejemplo yo: fíjese que ésta mañana me desperté con ganas de conversar de este asunto. No sé, de sincerarme. Entonces inmediatamente pensé en usted, que es tan buen contertulio, tan paciente. Sírvase otro cognac. Pero claro, figúrese lo peligroso que es para mí que usted sepa todo lo que le acabo de confesar. Sin embargo era tan angustiante, tan imperiosa la necesidad de, ¿cómo le digo?, de sacar afuera todo esto que, ya ve, cedí. Por eso le digo, y que fíjese qué ironía: mi mujer, con su impaciencia, me obligó a acuchillarla; y usted, con su paciencia, me obligó a envenenarle el cognac.
Cuento 4: EL REY DE LA NOCHE
EL REY DE LA NOCHE
Por GUILLERMO SOUBELET
(A las 22 ya está en la camita)
¡¿Recién volvés?! Pero... pero... ¿vos te das cuenta de la hora que es?! Decime un poco: ¿vos sos consciente de la hora que es? ¡Ah, no, pero al El Señor no le importa! Al Señor no le importa que una se pase la noche acá levantada, con el corazón en la boca hasta que él vuelva, pensando que le pasó algo. ¡Qué le va a importar! ¡Parecería que no tengo marido! ¡Solamente te interesa La Noche y la bebida! ¡La Noche! ¿Te creés que no sé que todas las noches cuando me decís que salís por ahí lo que hacés es ir a buscar minas? ¿Te crees que soy estúpida? ¡¿Te creés que no sé?! ¡Ayyyy! ¡Él se considera parte de La Gente de La Noche! ¿Gente de La Noche? ¡¿Qué mierda significa Gente de La Noche?! ¡Putas, borrachos y faloperos! ¡Eso significa! ¡¿O qué mujer decente, decime un poco, qué mujer decente anda a esas horas mostrando las tetas por ahí, en lugar de estar durmiendo en su casa con la familia?! ¡Contestá! ¡Contestá! Mirá lo que sos. Mirá el aspecto que tenés. Mirá un poco lo flaco y demacrado que estás. Y claaaaaaro, ¡si ninguna comida te gusta! ¡No hay nada que te venga bien! ¡Lo único que te gusta es la bebida! ¡Darle al chupi! ¡Eso sí! ¡Chupar! ¡Chupar sí, comer: no! ¡El Señor, sólo está contento si sale de noche a chupar por ahí! La vergüenza que me da cuando mis padres vienen a visitarnos alguna noche y siempre, siempre, les tengo que decir que no, que vos saliste, que no estás, que tuviste un compromiso. ¡¿Te creen que no se dan cuenta?! ¿Te crees que son idiotas? ¡¿Te crees que no me doy cuenta de la mirada de lástima con que me miran?! ¿O porqué te creés que no vinieron más? A ver, decime. ¡Decime! ¡Uy, no! Nooooo, no levantes los ojos como diciendo qué hinchapelotas. ¡No levantes los ojos como diciendo qué hinchapelotas! ¡A mí no me ponés los ojos en blanco, eh! ¡Nada de qué hinchapelotas! ¡A mí me vas a escuchar bien escuchadita! ¡Bien es-cu-cha-di-ta! ¡¿Querés saber porqué papá y mamá no vinieron más? ¡¿Querés saber?! De día dejaron de venir porque El Señor estaba siempre durmiendo. ¡Siempre! ¡Uy, y que nadie tuviera la esperanza de que El Señor mostrara un poco de educación (¡¡Un poco nomás!!) y se levantara a recibir a las visitas! ¡Sentados podían esperar que te levantaras aunque más no fuera a saludarlos! ¡Minga! ¡Mis padres de visita y vos allá durmiendo, como un pelotudo! Y después lo otro, si venían de noche (o invitaban a cenar a la casa) vos nunca estabas. ¡Noooo, el señor sale de noche! ¡Sale a divertirse! ¡Ahí sí! ¡Para eso sí que sos vivo, para eso sí que no tenés problemas en levantarte! ¿Te olvidás que estás casado? ¡¿Qué estás ca-sa-do?! ¡¿Te olvidás la edad que tenés, infelíz?! Como los chicos... que cenan y después salen a bailar y vuelven a las seis de la mañana cuando los padres salen a trabajar. ¿No te da vergüenza cruzarte con los vecinos que salen a trabajar todavía de noche cuando vos volvés de divertirte?! ¡Ubicate! ¡Con la edad que tenés! ¡Además... antiguo de mierda! ¡Das risa y ni te da cuenta! ¡Mirá un poco cómo te vestís! Te crees que porque vayas siempre con ese traje cruzado (siempre el mismo) ya sos un tipo elegante, un tipo top. ¡Si parecés el otro anticuado, el ridículo de Alejandro Dolina, que va de traje hasta a la playa (y se cree elegante por eso)! ¡Sos de la época de Isidoro Cañones! ¡Ja! ¡Si hasta te vestís como él! ¿Te vestís? Si hasta el peinado engominado para atrás, con la frente y las sienes en punta le copiás! ¡Y te crees que porque usás el mismo peinado que Isidoro Cañones ya sos un playboy!
No hacés deportes, no te visitan amigos, no vas a ningún lado. ¡Todo el día durmiendo! ¡Todo el día, todos los días! ¡Vivís de noche! ¿Te das cuenta lo que es mi vida? ¿Para esto me casé? ¿Nunca pensás en mí? Nunca vamos a visitar a nadie. Nunca salimos a ningún lado. Nunca me llevás pasear ni a nada. ¡Y claro, ¿adónde vamos a ir si te la pasás durmiendo todo el día?! Mirate un poco. ¡Mirate! Estás flaco, pálido, demacrado... ¡Vean qué flaco está! Cualquiera diría que jamás en su vida le di un plato decente de comida. ¡Tuberculoso vas a terminar! Y ahí vas estar contento. Cuando te tengan que alimentar por un tubo. ¡Y andá a saber por dónde te lo meten! («¡Ay, pero qué mujer más hinchapelotas!», pensó Drácula).
Por GUILLERMO SOUBELET
(A las 22 ya está en la camita)
¡¿Recién volvés?! Pero... pero... ¿vos te das cuenta de la hora que es?! Decime un poco: ¿vos sos consciente de la hora que es? ¡Ah, no, pero al El Señor no le importa! Al Señor no le importa que una se pase la noche acá levantada, con el corazón en la boca hasta que él vuelva, pensando que le pasó algo. ¡Qué le va a importar! ¡Parecería que no tengo marido! ¡Solamente te interesa La Noche y la bebida! ¡La Noche! ¿Te creés que no sé que todas las noches cuando me decís que salís por ahí lo que hacés es ir a buscar minas? ¿Te crees que soy estúpida? ¡¿Te creés que no sé?! ¡Ayyyy! ¡Él se considera parte de La Gente de La Noche! ¿Gente de La Noche? ¡¿Qué mierda significa Gente de La Noche?! ¡Putas, borrachos y faloperos! ¡Eso significa! ¡¿O qué mujer decente, decime un poco, qué mujer decente anda a esas horas mostrando las tetas por ahí, en lugar de estar durmiendo en su casa con la familia?! ¡Contestá! ¡Contestá! Mirá lo que sos. Mirá el aspecto que tenés. Mirá un poco lo flaco y demacrado que estás. Y claaaaaaro, ¡si ninguna comida te gusta! ¡No hay nada que te venga bien! ¡Lo único que te gusta es la bebida! ¡Darle al chupi! ¡Eso sí! ¡Chupar! ¡Chupar sí, comer: no! ¡El Señor, sólo está contento si sale de noche a chupar por ahí! La vergüenza que me da cuando mis padres vienen a visitarnos alguna noche y siempre, siempre, les tengo que decir que no, que vos saliste, que no estás, que tuviste un compromiso. ¡¿Te creen que no se dan cuenta?! ¿Te crees que son idiotas? ¡¿Te crees que no me doy cuenta de la mirada de lástima con que me miran?! ¿O porqué te creés que no vinieron más? A ver, decime. ¡Decime! ¡Uy, no! Nooooo, no levantes los ojos como diciendo qué hinchapelotas. ¡No levantes los ojos como diciendo qué hinchapelotas! ¡A mí no me ponés los ojos en blanco, eh! ¡Nada de qué hinchapelotas! ¡A mí me vas a escuchar bien escuchadita! ¡Bien es-cu-cha-di-ta! ¡¿Querés saber porqué papá y mamá no vinieron más? ¡¿Querés saber?! De día dejaron de venir porque El Señor estaba siempre durmiendo. ¡Siempre! ¡Uy, y que nadie tuviera la esperanza de que El Señor mostrara un poco de educación (¡¡Un poco nomás!!) y se levantara a recibir a las visitas! ¡Sentados podían esperar que te levantaras aunque más no fuera a saludarlos! ¡Minga! ¡Mis padres de visita y vos allá durmiendo, como un pelotudo! Y después lo otro, si venían de noche (o invitaban a cenar a la casa) vos nunca estabas. ¡Noooo, el señor sale de noche! ¡Sale a divertirse! ¡Ahí sí! ¡Para eso sí que sos vivo, para eso sí que no tenés problemas en levantarte! ¿Te olvidás que estás casado? ¡¿Qué estás ca-sa-do?! ¡¿Te olvidás la edad que tenés, infelíz?! Como los chicos... que cenan y después salen a bailar y vuelven a las seis de la mañana cuando los padres salen a trabajar. ¿No te da vergüenza cruzarte con los vecinos que salen a trabajar todavía de noche cuando vos volvés de divertirte?! ¡Ubicate! ¡Con la edad que tenés! ¡Además... antiguo de mierda! ¡Das risa y ni te da cuenta! ¡Mirá un poco cómo te vestís! Te crees que porque vayas siempre con ese traje cruzado (siempre el mismo) ya sos un tipo elegante, un tipo top. ¡Si parecés el otro anticuado, el ridículo de Alejandro Dolina, que va de traje hasta a la playa (y se cree elegante por eso)! ¡Sos de la época de Isidoro Cañones! ¡Ja! ¡Si hasta te vestís como él! ¿Te vestís? Si hasta el peinado engominado para atrás, con la frente y las sienes en punta le copiás! ¡Y te crees que porque usás el mismo peinado que Isidoro Cañones ya sos un playboy!
No hacés deportes, no te visitan amigos, no vas a ningún lado. ¡Todo el día durmiendo! ¡Todo el día, todos los días! ¡Vivís de noche! ¿Te das cuenta lo que es mi vida? ¿Para esto me casé? ¿Nunca pensás en mí? Nunca vamos a visitar a nadie. Nunca salimos a ningún lado. Nunca me llevás pasear ni a nada. ¡Y claro, ¿adónde vamos a ir si te la pasás durmiendo todo el día?! Mirate un poco. ¡Mirate! Estás flaco, pálido, demacrado... ¡Vean qué flaco está! Cualquiera diría que jamás en su vida le di un plato decente de comida. ¡Tuberculoso vas a terminar! Y ahí vas estar contento. Cuando te tengan que alimentar por un tubo. ¡Y andá a saber por dónde te lo meten! («¡Ay, pero qué mujer más hinchapelotas!», pensó Drácula).
Cuento 5: EL MOMENTO MÁS FELIZ DE SU VIDA
«EL MOMENTO MÁS FELIZ DE SU VIDA»
GUILLERMO SOUBELET
CON UNA COPA DE PERIGNON EN LA MANO Y ATAVIADO CON UN IMPECABLE ESMOQUIN ABANDONAS EL SALON DONDE SE LLEVA A CABO LA RUIDOSA FIESTA Y, APROVECHANDO LOS PRIMEROS MOMENTOS DE SOLEDAD EN AQUELLA NOCHE, TE ACODAS EN CUBIERTA CON LA MIRADA PERDIDA EN EL REFLEJO DE LA LUNA EN ALTA MAR. Desde el salón llega, apagada por el bullicio de los invitados que bailan y ríen, «Serenata a la luz de la luna», interpretada, claro, por Glenn Miller. Te acabas de casar y, reviviendo los acontecimientos de las últimas horas, sonríes ante la certeza de que estás viviendo el momento más feliz de tu vida. Sumado a ello, el puesto de director en su empresa con te obsequiará tu suegro como regalo de bodas, es la guinda que corona la ideal situación por la que atraviesas. Sabes que, de ahora en adelante, tu vida devendrá en una constante y plácida prosperidad sin sobresaltos que exalten tu anodina vida burguesa. Cierras los ojos, vencido por el cansancio, y te sorprende la voz de una de las dos hermanas de tu flamante esposa, a quien no oíste llegar, y que descubres acodada en la baranda a tu lado.
__ Necesitaba hablar con vos a solas - te dice, con la mirada en el mar. Rubia, espléndida, con aquel rostro increíble iluminado por la luna, piensas que aquella chica es algo fantástico. Recuerdas las quejas de tus amigos acerca de sus hostiles relaciones con sus cuñadas y no puedes menos que felicitarte por tu suerte. Tus cuñadas no te han dado mas que satisfacciones. A pesar de tu cansancio y de que deseabas estar sólo por un rato, te alegra que esa muchacha desee conversar contigo. Es una hembra maravillosa y platicar con una mujer así es siempre un deleite.
-- Estoy embarazada.
-- ¡¿Embarazada?! ¡¿Pero ...?! ¿Qué van a hacer? ¡No quisiera imaginarme al autor de la obra enfrentando al energúmeno de tu padre y a tus hermanos para enterarlo de la travesura de su hijita la solterita! Ya me los imagino..."Vendetta"! ¡Lei ha deshonrado a la mia ragazza!", y ñácate. Mi mas sentido pésame. Apropósito:
¿Quién es el desafortunado?
---- Vos.
__ ¿Qué?!
__ Lo que oíste.
__¡¿Pero... qué decís?! ¡En la cocina de la casa de tus viejos, de parados y rapidito no embaraza!
__ Ajá, ya veo - dice ella, con la mirada fija en el mar -- Bueno, voy a aprovechar que están ambas familias reunidas para darles la noticia.
__ ¡Pará! ¿Querés que me asesinen?
__ Sí.
__ Pero... pero...pero... pero.. pero..!
__ Tal como lo esperaba. No tenés las pelotas ni la suficiente madurez para enfrentar la situación Yo sí. No me queda mas remedio que...
__ (interrumpiéndola, ya que ella gira sobre sí y parece decidida a ir a dar la buena nueva en ese mismo momento) ¡Pará! ¡Me acabo de casar con una de tus hermanas! ¿No podías haber esperado otro momento mas propicio para venir a darme semejante noticia?
-- Me imagino lo que significa mas propicio para vos: para cuando tu hijo se reciba en la facultad, por ejemplo Sabía que era inútil esperar algún tipo de apoyo de tu parte. Sos un egoísta inmaduro. Lo sos ahora y lo fuiste aquella noche conmigo. Yo en cambio sabía lo que hacía y conocía las consecuencias. Pero estaba dispuesta a afrontarías. Sin embargo, consideré que correspondía que te diera la oportunidad de demostrarme que sos lo que obviamente no sos ni serás nunca.
__ ¡Ah! ¿Entonces no soy el padre?
__ ¡Me refería a ser un hombre!
__ ¡Qué fácil es jugar al dedo acusador! ¡Me acabo de casar y vos llegás así, de pronto, y larqás sin previo aviso la bomba que seguramente va a arruinar toda mi vida y la de tu hermana y me acusás de no ser un hombre porque me permito un momento de vacilación! - exclamas teatralmente, intentando adoptar un aire indignado -- En realidad creí que ibas a reaccionar de otra manera mas baja de cómo lo hiciste. Te soy franca, conociéndote como le conozco, imaginé que aprovecharías este entorno, la soledad el mar para...
__ ¡Me ofendés! ¿Pensaste que en una situación así sería capaz de intentar seducirte?
__ Pensé que serías capaz de asesinarme.
----- ¡Aaaaahhhhh! ¡Bonito concepto tenés vos de mi persona! ¡De mis valores! ¡Dios mío, creí que me conocías mejor! -- exclamas, con la mirada perdida en el horizonte y un aire indignado.
__ Está bien. Demostrame que estoy equivocada. Vuelvo al salón. Te doy quince minutos para que, si es que eso tiene algún significado para vos, entres y te ganes el respeto que hasta hoy no supiste demostrarme merecer -- gira en torno y vuelve sobre sus pasos, y tú quedas solo, destruido, con la cara oculta entre tus manos. En solo diez minutos se ha venido abajo toda tu vida, tu casamiento, tu futuro, tu puesto en la empresa de tu suegro, todo, todo se ha perdido para siempre. Y eso no es nada. Conociendo como conoces a tu suegro y cuñados, dudas de que tus queridas rodillas continúen intactas el tiempo suficiente como para abandonar aquel maldito barco. Encima estás a kilómetros de la costa y sabes que no eres capaz de nadar mas de siete metros sin desmayarte.
__ Suerte que te encontré, necesitaba hablar con vos a solas -- vuelve a sorprenderte la voz de la hermana de tu esposa, esta vez, la menor, mucho más bella que la otra, aunque parezca imposible -- Tengo una noticia que darte.
---- ¿Cómo te enteraste?! ¿Creí que tu hermana no se lo diría a nadie hasta que...?!
--- (interrumpiéndolo) ¿Qué hermana? ¿Estás loco? Me enteré por teléfono diez minutos antes de salir para acá. Estoy embarazada. De vos, por supuesto.
__ ¡¿Cómo?! ¡A los apurones, con los jeans por los tobillos en el asiento de atrás del auto de tu viejo no embaraza!
__ Ajá. Te doy diez minutos. Si para entonces no entrás a enfrentar la situación, doy el anuncio.
--- ¡Pero oíme! ¡Me acabo de casar con tu hermana! ¡Ni siquiera terminó la fiesta y vos...!
__ ¡Si no es una cosa es otra! ¡Vos siempre tenés una excusa para no prestarme atención! ¡Ya sabés: diez minutos! --- y furiosa, se aleja del lugar taconeando, dejándote a solas, para que sigas disfrutando de tu fiesta. Del momento más feliz de tu vida. Pasan los minutos y sigues acodado en la misma posición, solo que, ahora, a causa del terror que te impide efectuar el mas mínimo movimiento, excepto, quizás, el del vientre, cosa que intentas contener. El cansancio que te vencía ha desaparecido, deviniendo en una mezcla de pánico salvaje con histeria desatada. Te van a matar. Sabes que te van a matar. La imagen de ti mismo, en el momento de ser acuchillado y arrojado a los tiburones, mientras aquellos imbéciles siguen bailando y emborrachándose con tu champaña, te revuelve las tripas. Ni siquiera te consuela saber que lo clavarás al ruso Bolteansky con las cuotas del velero. La mirada despiadada de tu suegro y tus cuñados (por no mencionar la de tu esposa) se aparece, inmisericorde, en tu mente para dejar bien a las claras que no le queda vida ni para recibir al otro día al diariero. ¿Cómo lo harán? ¿Te colgarán de un gancho de carnicero? ¿Te pondrán los pies en cemento y te arrojarán al mar? ¡Con lo que te costaron esos zapatos! Ahora que lo piensas esos músicos que contrató tu suegro portaban estuches de violín de lo mas elocuentes. ¡Si hasta te pareció oír que uno de ellos se llama Luigi! ¡Te van a matar todo! ¡Con lo que te gastaste en aquella fiesta! Sin contar con que no te gustan ni las masas, ni los sandwich, ni las fiestas ni los barcos. ¡Ni el rugby, ahora que lo piensas! (No vendrá al caso, pero que no te gusta el rugby, no te gusta). ¡Dios mío, estás delirando y los minutos pasan! ¿Qué harás? Debes pensar algo que te permita retirarte de escena con elegancia. ¿Qué haría Roger Moore en tu situación? Es mas, ¿Qué haría Humphrey Bogart? ¿Acaso temblarían como ratas como tú? No. Manejarían el problema con aplomo y prestancia y ¡la puta que los parió qué fácil es hacerse los refinados para esos dos cuando el que tiene que enfrentarse a esos trogloditas de su suegro y cuñados es uno! ¡Que no bien se enteren de que acabas de embarazar a las tres muchachas te van a arrancar los brazos (por decir poco)! ¡Sí, las tres, porque a los nueve meses de casados se van a llevar una sorpresa esos hijos de puta! Y para colmo, se abre la puerta e irrumpe uno de tus espantosos cuñados, quien te dice “te estamos esperando”; y tú, observándole esos brazos que pugnan por reventar las costuras del esmoquin, y evocando a Tupac Amarú, sabes que debes escapar ahora mismo si no quieres correr igual suerte y entonces, acorralado, y dejándote llevar por la desesperación (y por el Perignón) te arrojas a las oscuras y heladas aguas y te aterra el shock que te produce el frío lacerante mientras te hundes como una lanza dejando tras de ti una enloquecida estela de burbujas y sueños de una familia feliz y una vida próspera entre los brazos de tu mujer y las piernas de tus cuñadas. Sientes que te estallan los pulmones y mueres, mueres, sin comprender porqué tarda tanto en llegar la Muerte, a la vez que tus cuñadas esperan sin comprender porqué tardas tanto en entrar en el salón donde todos te esperan. Tu esposa, para bailar el vals, los demás para felicitarte, y ellas, para festejar contigo la broma que te han hecho.
GUILLERMO SOUBELET
CON UNA COPA DE PERIGNON EN LA MANO Y ATAVIADO CON UN IMPECABLE ESMOQUIN ABANDONAS EL SALON DONDE SE LLEVA A CABO LA RUIDOSA FIESTA Y, APROVECHANDO LOS PRIMEROS MOMENTOS DE SOLEDAD EN AQUELLA NOCHE, TE ACODAS EN CUBIERTA CON LA MIRADA PERDIDA EN EL REFLEJO DE LA LUNA EN ALTA MAR. Desde el salón llega, apagada por el bullicio de los invitados que bailan y ríen, «Serenata a la luz de la luna», interpretada, claro, por Glenn Miller. Te acabas de casar y, reviviendo los acontecimientos de las últimas horas, sonríes ante la certeza de que estás viviendo el momento más feliz de tu vida. Sumado a ello, el puesto de director en su empresa con te obsequiará tu suegro como regalo de bodas, es la guinda que corona la ideal situación por la que atraviesas. Sabes que, de ahora en adelante, tu vida devendrá en una constante y plácida prosperidad sin sobresaltos que exalten tu anodina vida burguesa. Cierras los ojos, vencido por el cansancio, y te sorprende la voz de una de las dos hermanas de tu flamante esposa, a quien no oíste llegar, y que descubres acodada en la baranda a tu lado.
__ Necesitaba hablar con vos a solas - te dice, con la mirada en el mar. Rubia, espléndida, con aquel rostro increíble iluminado por la luna, piensas que aquella chica es algo fantástico. Recuerdas las quejas de tus amigos acerca de sus hostiles relaciones con sus cuñadas y no puedes menos que felicitarte por tu suerte. Tus cuñadas no te han dado mas que satisfacciones. A pesar de tu cansancio y de que deseabas estar sólo por un rato, te alegra que esa muchacha desee conversar contigo. Es una hembra maravillosa y platicar con una mujer así es siempre un deleite.
-- Estoy embarazada.
-- ¡¿Embarazada?! ¡¿Pero ...?! ¿Qué van a hacer? ¡No quisiera imaginarme al autor de la obra enfrentando al energúmeno de tu padre y a tus hermanos para enterarlo de la travesura de su hijita la solterita! Ya me los imagino..."Vendetta"! ¡Lei ha deshonrado a la mia ragazza!", y ñácate. Mi mas sentido pésame. Apropósito:
¿Quién es el desafortunado?
---- Vos.
__ ¿Qué?!
__ Lo que oíste.
__¡¿Pero... qué decís?! ¡En la cocina de la casa de tus viejos, de parados y rapidito no embaraza!
__ Ajá, ya veo - dice ella, con la mirada fija en el mar -- Bueno, voy a aprovechar que están ambas familias reunidas para darles la noticia.
__ ¡Pará! ¿Querés que me asesinen?
__ Sí.
__ Pero... pero...pero... pero.. pero..!
__ Tal como lo esperaba. No tenés las pelotas ni la suficiente madurez para enfrentar la situación Yo sí. No me queda mas remedio que...
__ (interrumpiéndola, ya que ella gira sobre sí y parece decidida a ir a dar la buena nueva en ese mismo momento) ¡Pará! ¡Me acabo de casar con una de tus hermanas! ¿No podías haber esperado otro momento mas propicio para venir a darme semejante noticia?
-- Me imagino lo que significa mas propicio para vos: para cuando tu hijo se reciba en la facultad, por ejemplo Sabía que era inútil esperar algún tipo de apoyo de tu parte. Sos un egoísta inmaduro. Lo sos ahora y lo fuiste aquella noche conmigo. Yo en cambio sabía lo que hacía y conocía las consecuencias. Pero estaba dispuesta a afrontarías. Sin embargo, consideré que correspondía que te diera la oportunidad de demostrarme que sos lo que obviamente no sos ni serás nunca.
__ ¡Ah! ¿Entonces no soy el padre?
__ ¡Me refería a ser un hombre!
__ ¡Qué fácil es jugar al dedo acusador! ¡Me acabo de casar y vos llegás así, de pronto, y larqás sin previo aviso la bomba que seguramente va a arruinar toda mi vida y la de tu hermana y me acusás de no ser un hombre porque me permito un momento de vacilación! - exclamas teatralmente, intentando adoptar un aire indignado -- En realidad creí que ibas a reaccionar de otra manera mas baja de cómo lo hiciste. Te soy franca, conociéndote como le conozco, imaginé que aprovecharías este entorno, la soledad el mar para...
__ ¡Me ofendés! ¿Pensaste que en una situación así sería capaz de intentar seducirte?
__ Pensé que serías capaz de asesinarme.
----- ¡Aaaaahhhhh! ¡Bonito concepto tenés vos de mi persona! ¡De mis valores! ¡Dios mío, creí que me conocías mejor! -- exclamas, con la mirada perdida en el horizonte y un aire indignado.
__ Está bien. Demostrame que estoy equivocada. Vuelvo al salón. Te doy quince minutos para que, si es que eso tiene algún significado para vos, entres y te ganes el respeto que hasta hoy no supiste demostrarme merecer -- gira en torno y vuelve sobre sus pasos, y tú quedas solo, destruido, con la cara oculta entre tus manos. En solo diez minutos se ha venido abajo toda tu vida, tu casamiento, tu futuro, tu puesto en la empresa de tu suegro, todo, todo se ha perdido para siempre. Y eso no es nada. Conociendo como conoces a tu suegro y cuñados, dudas de que tus queridas rodillas continúen intactas el tiempo suficiente como para abandonar aquel maldito barco. Encima estás a kilómetros de la costa y sabes que no eres capaz de nadar mas de siete metros sin desmayarte.
__ Suerte que te encontré, necesitaba hablar con vos a solas -- vuelve a sorprenderte la voz de la hermana de tu esposa, esta vez, la menor, mucho más bella que la otra, aunque parezca imposible -- Tengo una noticia que darte.
---- ¿Cómo te enteraste?! ¿Creí que tu hermana no se lo diría a nadie hasta que...?!
--- (interrumpiéndolo) ¿Qué hermana? ¿Estás loco? Me enteré por teléfono diez minutos antes de salir para acá. Estoy embarazada. De vos, por supuesto.
__ ¡¿Cómo?! ¡A los apurones, con los jeans por los tobillos en el asiento de atrás del auto de tu viejo no embaraza!
__ Ajá. Te doy diez minutos. Si para entonces no entrás a enfrentar la situación, doy el anuncio.
--- ¡Pero oíme! ¡Me acabo de casar con tu hermana! ¡Ni siquiera terminó la fiesta y vos...!
__ ¡Si no es una cosa es otra! ¡Vos siempre tenés una excusa para no prestarme atención! ¡Ya sabés: diez minutos! --- y furiosa, se aleja del lugar taconeando, dejándote a solas, para que sigas disfrutando de tu fiesta. Del momento más feliz de tu vida. Pasan los minutos y sigues acodado en la misma posición, solo que, ahora, a causa del terror que te impide efectuar el mas mínimo movimiento, excepto, quizás, el del vientre, cosa que intentas contener. El cansancio que te vencía ha desaparecido, deviniendo en una mezcla de pánico salvaje con histeria desatada. Te van a matar. Sabes que te van a matar. La imagen de ti mismo, en el momento de ser acuchillado y arrojado a los tiburones, mientras aquellos imbéciles siguen bailando y emborrachándose con tu champaña, te revuelve las tripas. Ni siquiera te consuela saber que lo clavarás al ruso Bolteansky con las cuotas del velero. La mirada despiadada de tu suegro y tus cuñados (por no mencionar la de tu esposa) se aparece, inmisericorde, en tu mente para dejar bien a las claras que no le queda vida ni para recibir al otro día al diariero. ¿Cómo lo harán? ¿Te colgarán de un gancho de carnicero? ¿Te pondrán los pies en cemento y te arrojarán al mar? ¡Con lo que te costaron esos zapatos! Ahora que lo piensas esos músicos que contrató tu suegro portaban estuches de violín de lo mas elocuentes. ¡Si hasta te pareció oír que uno de ellos se llama Luigi! ¡Te van a matar todo! ¡Con lo que te gastaste en aquella fiesta! Sin contar con que no te gustan ni las masas, ni los sandwich, ni las fiestas ni los barcos. ¡Ni el rugby, ahora que lo piensas! (No vendrá al caso, pero que no te gusta el rugby, no te gusta). ¡Dios mío, estás delirando y los minutos pasan! ¿Qué harás? Debes pensar algo que te permita retirarte de escena con elegancia. ¿Qué haría Roger Moore en tu situación? Es mas, ¿Qué haría Humphrey Bogart? ¿Acaso temblarían como ratas como tú? No. Manejarían el problema con aplomo y prestancia y ¡la puta que los parió qué fácil es hacerse los refinados para esos dos cuando el que tiene que enfrentarse a esos trogloditas de su suegro y cuñados es uno! ¡Que no bien se enteren de que acabas de embarazar a las tres muchachas te van a arrancar los brazos (por decir poco)! ¡Sí, las tres, porque a los nueve meses de casados se van a llevar una sorpresa esos hijos de puta! Y para colmo, se abre la puerta e irrumpe uno de tus espantosos cuñados, quien te dice “te estamos esperando”; y tú, observándole esos brazos que pugnan por reventar las costuras del esmoquin, y evocando a Tupac Amarú, sabes que debes escapar ahora mismo si no quieres correr igual suerte y entonces, acorralado, y dejándote llevar por la desesperación (y por el Perignón) te arrojas a las oscuras y heladas aguas y te aterra el shock que te produce el frío lacerante mientras te hundes como una lanza dejando tras de ti una enloquecida estela de burbujas y sueños de una familia feliz y una vida próspera entre los brazos de tu mujer y las piernas de tus cuñadas. Sientes que te estallan los pulmones y mueres, mueres, sin comprender porqué tarda tanto en llegar la Muerte, a la vez que tus cuñadas esperan sin comprender porqué tardas tanto en entrar en el salón donde todos te esperan. Tu esposa, para bailar el vals, los demás para felicitarte, y ellas, para festejar contigo la broma que te han hecho.
Cuento 6: A LA PRIMERA QUE ASESINÉ FUÉ A MAMÁ
«A LA PRIMERA QUE ASESINÉ FUE A MAMÁ»
Guillermo Soubelet
A LA PRIMERA QUE ASESINÉ FUE A MAMÁ. Lo cual me resultó particularmente molesto por el hecho de haber sido ella, precisamente, a quien yo más quería. De manera que con los demás todo resultó más fácil. Y no es por justificarme, pero les aseguro que parte de la culpa de todo lo que pasó después la tuvo la casona esa donde vivíamos. Si a veces pienso que si no le hubiéramos hecho caso a la abuela con aquello de que la familia siempre había vivido toda ahí y porqué nosotros no, y hubiese vivido sólo en cualquier otro lado, se hubieran salvado todos. Mamá, pobrecita, seguiría tejiendo en la mecedora del porche del frente. Papá seguramente continuaría cuidando con esa ternura tan suya el almácigo de begonias. Y las mellizas, pobres, seguirían con su costumbre tan de antes de bañarse y ponerse de punta en blanco para la hora del té. Francamente no sé para qué. O, mejor dicho, para quién. Ya que nadie, ningún caballero soltero al menos, visitaba ya la antigua casona de la isla, allá en el Tigre. Habían perdido ese tren, las pobres. Y sin embargo seguían con esa ingenuidad tan de ellas, sentadas en el andén esperando a que llegaran sus príncipes (quizás dos príncipes mellizos) que en sus sueños las arrancarían por fin de la exasperante calma de aquél lugar. Y hoy sonrío al pensar en lo equivocadas que estaban, pobrecitas, ya que ni la misma muerte fue capaz de liberarlas de las garras de aquella casa, enterradas como están junto a la glorieta donde gustaban sentarse a tomar el té.
Pero ya es tarde para pensar en lo que hubiese sido. Y también sonrío al pensar en el Destino, que tampoco a mí me permitió escapar de este lugar maldito, por miedo a que los nuevos propietarios llamaran a la policía al hallar a mamá empotrada en la pared del garaje, a papá, rodeado de cemento debajo de la losa del camino de su querido almácigo, o a las mellizas, enterradas justo debajo de la glorieta donde estoy escribiendo ahora mismo.
Homero decía que ningún hombre nacido de mujer, valiente o cobarde, puede escaparse de su Destino. Y quizás mi Destino sea terminar mis días aquí, en la vieja casa familiar sin espejos, rodeado de mis seres queridos, mamá, papá y las queridas mellizas.
Aunque mejor es que les cuente todo desde el principio. No les daré, porque me considero un verdadero caballero, la edad de mi madre ni de mis hermanas. Sin embargo, y para que les sirva como mera referencia, sí les diré que las mellizas ya había pasado hacía unos años la edad para jubilarse. Yo cumplí esa edad el día en que se desencadenó todo esto. Les doy el ejemplo de la jubilación como les podría haber dado cualquier otro ya que, en nuestro caso, esa palabra carecía de significado: ninguno de nosotros cobraba jubilación ya que ninguno trabajó jamás. En realidad, ahora que lo pienso, no recuerdo un solo día en que mi padre - o mi abuelo siquiera – hubiera madrugado y salido de casa para ganarse la vida. La cuestión es que yo siempre fui el hijo menor, el querubín. Y aún cuando los años pasaron y me convertí en un joven, en un hombre y en un viejo, ante los ojos de mi familia - y ante los míos también – nunca dejé de ser el pequeño. El regalón de mis padres y hermanas. A todos nos resultaba cómoda esa situación. A mis padres y a las chicas porque recurrían a mí cuando necesitaban hacer algún trámite u otra cosa por el estilo. A mí porque esa ayuda que les brindaba disimulaba mi vida de parásito. En fin, vivíamos felices.
Hasta aquél día en que comencé a temerle a la vejez. Y lo que comenzó como un simple temor se convirtió más tarde en pánico. Y luego en obsesión. Y no era solamente el temor a verme viejo. Era el pánico a la decrepitud. A la piel apergaminada. A las manos temblorosas. A los recuerdos que comienzan a desaparecer. A las noches en vela. A la mirada perdida. De manera que tomé la firme decisión de ignorar el paso del tiempo. Claro que para nosotros era fácil hacerlo, aislados como vivíamos en nuestro refugio de la isla. Sin embargo siempre había cosas que se empecinaban en herirme, en recordarme el inmisericorde transcurso de las horas. No sé, el televisor por ejemplo. Vivía angustiado observando los estragos del tiempo en actores, locutores o periodistas. Un día decidí ponerle punto final a aquella agonía y le regalé el televisor al jardinero. Acto seguido lo eché, prohibiéndole volver por nuestra casa. Claro que mis padres y hermanas se pusieron tremendamente fastidiosos con aquello. Pero supe mantenerme inflexible y, en compensación, les regalé un equipo de audio con radio y una cantidad de cassettes de música clásica para que se entretuvieran con algo. Otra cosa que tuve que destruir fueron los despiadados álbumes de fotografías. Todas. Las de las promociones del secundario y de la facultad. Las de las vacaciones en el campo de Azul. Las del club, con los muchachos de tenis. Aquellas en que estamos brindando en Noche Buena con toda la familia. Incluso aquella del cuadro del casamiento de mis padres, en la que se los veía tan jóvenes y sonrientes. Aquello me trajo aparejado más de un dolor de cabeza. Aunque para cuando se enteraron aquellas fotografías malditas no eran más que cenizas en el hogar del escritorio. Lo mismo cuando destruí todos los espejos de la casa. Con lo de los espejos los que se pusieron verdaderamente fulos fueron mis padres. Claro que las mellizas no los necesitaban. Se tenían la una a la otra para comprobar el paso del tiempo. Por supuesto que el próximo paso fue no visitar a nadie más. Nunca. Y, obviamente, no invitar ni recibir a nadie en casa. Dejé de comprar el diario y las revistas. Incluso, para no cruzarme con nadie, cambié el buzón de lugar y lo puse allá al frente, junto a los portones de entrada. Al lechero y a los de la despensa les encargaba todo por teléfono y les dejaba el dinero dentro del buzón. Y de los impuestos y esas cosas se encargaba nuestra secretaria, en Buenos Aires.
Finalmente mi vida devino en un plácido y anodino transcurrir de los días, sin sobresaltos ni contacto alguno con el mundo exterior, como me gustaba llamar a todo lo que no fuera aquella casa. Realmente fui feliz por un tiempo en aquél remanso artificial rodeado por la naturaleza. Mi familia se había resignado a todo aquello y con el tiempo se habituaron hasta el punto de casi no recordar su vida antes de los cambios. Solamente se creaba aquél clima indisimuladamente hostil cuando alguien se sentía mal y se empecinaban en llamar a algún médico. Lo cual era bastante frecuente, ya que si yo ya había alcanzado la edad para jubilarme imagínense los años que tenían mis padres, pobrecitos. Claro que aún en esos casos supe mantenerlos a raya. Pero, exceptuando aquellas minucias esporádicas, vivíamos en la más perfecta de las armonías y yo era feliz en aquél entorno, rodeado de mis cuadros y libros queridos. Por supuesto que aquella felicidad no era más que una parodia. Como el niño que de noche recorre silbando el cementerio que debe atravesar en el camino de regreso a su casa.
Hasta aquella tarde. Era mi cumpleaños. Ya de por sí se había creado un clima incómodo, de fingida naturalidad. Sentían que debían festejarlo pero a la vez nadie se atrevió a mencionar siquiera el motivo de aquél festejo ridículo. Comimos y brindamos en absoluto silencio. Las forzadas conversaciones obviamente intrascendentes no hacían más que poner de manifiesto lo exasperante de toda aquella situación. Entonces sucedió. Miré a mi madre querida cuando, con mano temblorosa, me servía la torta y fue como si la viera por primera vez. Como si estuviera mirando a una desconocida. Por primera vez tomé conciencia de aquellas arrugas. De aquellos colgajos debajo del mentón. De lo empequeñecida que estaba. Del insoportable temblor de sus arrugadas manos. ¿Porqué me hacía eso? ¿No comprendía, acaso, cuanto me hacía sufrir con su aspecto repulsivo? ¿Porqué, justo ella, que era el ser a quien más quise y querré? ¿Porqué?
Ella fue la primera.
Guillermo Soubelet
A LA PRIMERA QUE ASESINÉ FUE A MAMÁ. Lo cual me resultó particularmente molesto por el hecho de haber sido ella, precisamente, a quien yo más quería. De manera que con los demás todo resultó más fácil. Y no es por justificarme, pero les aseguro que parte de la culpa de todo lo que pasó después la tuvo la casona esa donde vivíamos. Si a veces pienso que si no le hubiéramos hecho caso a la abuela con aquello de que la familia siempre había vivido toda ahí y porqué nosotros no, y hubiese vivido sólo en cualquier otro lado, se hubieran salvado todos. Mamá, pobrecita, seguiría tejiendo en la mecedora del porche del frente. Papá seguramente continuaría cuidando con esa ternura tan suya el almácigo de begonias. Y las mellizas, pobres, seguirían con su costumbre tan de antes de bañarse y ponerse de punta en blanco para la hora del té. Francamente no sé para qué. O, mejor dicho, para quién. Ya que nadie, ningún caballero soltero al menos, visitaba ya la antigua casona de la isla, allá en el Tigre. Habían perdido ese tren, las pobres. Y sin embargo seguían con esa ingenuidad tan de ellas, sentadas en el andén esperando a que llegaran sus príncipes (quizás dos príncipes mellizos) que en sus sueños las arrancarían por fin de la exasperante calma de aquél lugar. Y hoy sonrío al pensar en lo equivocadas que estaban, pobrecitas, ya que ni la misma muerte fue capaz de liberarlas de las garras de aquella casa, enterradas como están junto a la glorieta donde gustaban sentarse a tomar el té.
Pero ya es tarde para pensar en lo que hubiese sido. Y también sonrío al pensar en el Destino, que tampoco a mí me permitió escapar de este lugar maldito, por miedo a que los nuevos propietarios llamaran a la policía al hallar a mamá empotrada en la pared del garaje, a papá, rodeado de cemento debajo de la losa del camino de su querido almácigo, o a las mellizas, enterradas justo debajo de la glorieta donde estoy escribiendo ahora mismo.
Homero decía que ningún hombre nacido de mujer, valiente o cobarde, puede escaparse de su Destino. Y quizás mi Destino sea terminar mis días aquí, en la vieja casa familiar sin espejos, rodeado de mis seres queridos, mamá, papá y las queridas mellizas.
Aunque mejor es que les cuente todo desde el principio. No les daré, porque me considero un verdadero caballero, la edad de mi madre ni de mis hermanas. Sin embargo, y para que les sirva como mera referencia, sí les diré que las mellizas ya había pasado hacía unos años la edad para jubilarse. Yo cumplí esa edad el día en que se desencadenó todo esto. Les doy el ejemplo de la jubilación como les podría haber dado cualquier otro ya que, en nuestro caso, esa palabra carecía de significado: ninguno de nosotros cobraba jubilación ya que ninguno trabajó jamás. En realidad, ahora que lo pienso, no recuerdo un solo día en que mi padre - o mi abuelo siquiera – hubiera madrugado y salido de casa para ganarse la vida. La cuestión es que yo siempre fui el hijo menor, el querubín. Y aún cuando los años pasaron y me convertí en un joven, en un hombre y en un viejo, ante los ojos de mi familia - y ante los míos también – nunca dejé de ser el pequeño. El regalón de mis padres y hermanas. A todos nos resultaba cómoda esa situación. A mis padres y a las chicas porque recurrían a mí cuando necesitaban hacer algún trámite u otra cosa por el estilo. A mí porque esa ayuda que les brindaba disimulaba mi vida de parásito. En fin, vivíamos felices.
Hasta aquél día en que comencé a temerle a la vejez. Y lo que comenzó como un simple temor se convirtió más tarde en pánico. Y luego en obsesión. Y no era solamente el temor a verme viejo. Era el pánico a la decrepitud. A la piel apergaminada. A las manos temblorosas. A los recuerdos que comienzan a desaparecer. A las noches en vela. A la mirada perdida. De manera que tomé la firme decisión de ignorar el paso del tiempo. Claro que para nosotros era fácil hacerlo, aislados como vivíamos en nuestro refugio de la isla. Sin embargo siempre había cosas que se empecinaban en herirme, en recordarme el inmisericorde transcurso de las horas. No sé, el televisor por ejemplo. Vivía angustiado observando los estragos del tiempo en actores, locutores o periodistas. Un día decidí ponerle punto final a aquella agonía y le regalé el televisor al jardinero. Acto seguido lo eché, prohibiéndole volver por nuestra casa. Claro que mis padres y hermanas se pusieron tremendamente fastidiosos con aquello. Pero supe mantenerme inflexible y, en compensación, les regalé un equipo de audio con radio y una cantidad de cassettes de música clásica para que se entretuvieran con algo. Otra cosa que tuve que destruir fueron los despiadados álbumes de fotografías. Todas. Las de las promociones del secundario y de la facultad. Las de las vacaciones en el campo de Azul. Las del club, con los muchachos de tenis. Aquellas en que estamos brindando en Noche Buena con toda la familia. Incluso aquella del cuadro del casamiento de mis padres, en la que se los veía tan jóvenes y sonrientes. Aquello me trajo aparejado más de un dolor de cabeza. Aunque para cuando se enteraron aquellas fotografías malditas no eran más que cenizas en el hogar del escritorio. Lo mismo cuando destruí todos los espejos de la casa. Con lo de los espejos los que se pusieron verdaderamente fulos fueron mis padres. Claro que las mellizas no los necesitaban. Se tenían la una a la otra para comprobar el paso del tiempo. Por supuesto que el próximo paso fue no visitar a nadie más. Nunca. Y, obviamente, no invitar ni recibir a nadie en casa. Dejé de comprar el diario y las revistas. Incluso, para no cruzarme con nadie, cambié el buzón de lugar y lo puse allá al frente, junto a los portones de entrada. Al lechero y a los de la despensa les encargaba todo por teléfono y les dejaba el dinero dentro del buzón. Y de los impuestos y esas cosas se encargaba nuestra secretaria, en Buenos Aires.
Finalmente mi vida devino en un plácido y anodino transcurrir de los días, sin sobresaltos ni contacto alguno con el mundo exterior, como me gustaba llamar a todo lo que no fuera aquella casa. Realmente fui feliz por un tiempo en aquél remanso artificial rodeado por la naturaleza. Mi familia se había resignado a todo aquello y con el tiempo se habituaron hasta el punto de casi no recordar su vida antes de los cambios. Solamente se creaba aquél clima indisimuladamente hostil cuando alguien se sentía mal y se empecinaban en llamar a algún médico. Lo cual era bastante frecuente, ya que si yo ya había alcanzado la edad para jubilarme imagínense los años que tenían mis padres, pobrecitos. Claro que aún en esos casos supe mantenerlos a raya. Pero, exceptuando aquellas minucias esporádicas, vivíamos en la más perfecta de las armonías y yo era feliz en aquél entorno, rodeado de mis cuadros y libros queridos. Por supuesto que aquella felicidad no era más que una parodia. Como el niño que de noche recorre silbando el cementerio que debe atravesar en el camino de regreso a su casa.
Hasta aquella tarde. Era mi cumpleaños. Ya de por sí se había creado un clima incómodo, de fingida naturalidad. Sentían que debían festejarlo pero a la vez nadie se atrevió a mencionar siquiera el motivo de aquél festejo ridículo. Comimos y brindamos en absoluto silencio. Las forzadas conversaciones obviamente intrascendentes no hacían más que poner de manifiesto lo exasperante de toda aquella situación. Entonces sucedió. Miré a mi madre querida cuando, con mano temblorosa, me servía la torta y fue como si la viera por primera vez. Como si estuviera mirando a una desconocida. Por primera vez tomé conciencia de aquellas arrugas. De aquellos colgajos debajo del mentón. De lo empequeñecida que estaba. Del insoportable temblor de sus arrugadas manos. ¿Porqué me hacía eso? ¿No comprendía, acaso, cuanto me hacía sufrir con su aspecto repulsivo? ¿Porqué, justo ella, que era el ser a quien más quise y querré? ¿Porqué?
Ella fue la primera.
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